Don de Loch Lomond

Don de Loch Lomond

martes, 18 de marzo de 2014

Día del padre


Ante todo que quede claro que yo a mi padre lo adoro. Lo quiero con locura, lo admiro profundamente y lo respeto, y mi relación con él es magnífica durante 364 días al año. Pero alberga un día en el calendario, como el 19 de Marzo, en el que no tengo padre. Así de sencillo.

Con mi madre también existe la misma exquisita relación de amor y la venero y respeto y querré siempre todos los días de mi vida, pues “madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle”, que rezaba el poema del gran Rafael de León. El problema es que todo esto transcurre solo durante 364 días al año, 365 si es bisiesto. Porque quien suscribe, el primer Domingo de Mayo tampoco tiene madre.




Yo no sé que van a pensar de mí, puede que crean que soy un monstruo, un ser sin sentimientos, un “niñato” desagradecido, un mal hijo, qué se yo, pero así lo siento y así lo expreso, como se lo cuento, con todas las letras. Y bien alto y claro para que se entere todo el mundo. Mis razones, al contrario que pudieran pensar, no tienen nada que ver con el poderoso caballero, que decía mi idolatrado Don Francisco de Quevedo, pues no es que pretenda ahorrarme un dinerillo evitando a toda costa el regalo del día de nuestros progenitores, es que considero que hay fechas que atentan contra todo principio moral de las personas, y el día del padre, de la madre, del hijo o de los enamorados no son más que inventos horteras que a día de hoy no tienen razón de ser.




De un padre, y casi más de una madre, uno se acuerda siempre, y le dedican su atención y cariño todos los días del año. A mi personalmente, ni El Corte Inglés ni Carrefour tienen que decirme como si fuera tonto cuando tengo que regalarle a mi padre la última novela de Pérez-Reverte, o a mi madre ese perfume de Nina Ricci que tanto le gusta. Lo mismo me pasa con mi contraria. El día de los enamorados por no regalarle es que no le regalo ni un beso. “¿Que vas a regalarme este año por San Valentín?” - Me pregunta con una gota de brillo en sus ojos- “Pues absolutamente nada” -contesto muy digno.

¡Y es que es verdad! A mis padres, hermanos, pareja, sobrinos, amigos, les hago regalos cuando considero oportuno o mi economía tan maltrecha me lo permite, para eso están otras fechas señaladas como cumpleaños, aniversarios u ocasiones especiales. El solo hecho de que me pregunten qué voy a regalar a mis padres por su día, o a mi novia por san Valentín consiguen que me ponga de mal café. Y es que me da rabia. Ya estoy harto de que nos digan constantemente lo que tenemos que hacer.

Conozco a personas que aborrecen literalmente a sus pobres padres, no hacen más que quejarse de ellos, e incluso se emborrachan para no tener que aguantarlos una vez al año, en la cena de Noche Buena, ahora, eso si, el día del padre o madre les hacen unos regalazos que quitan el hipo. No sé que les parecerá a ustedes, pero eso en mi pueblo se llama limpiar la conciencia.



Existen también muchos novios, maridos, o “compañeros” que dicen los más “progres”, que a pesar de no aguantar a su mujer y faltarle al respeto las 24 horas al día, luego, el 14 de Febrero les hacen unos regalos increíbles. Y encima, tales regalos suelen ser entregados en público, ante la mirada y oídos de la concurrencia, que sonríe tímidamente disfrazando el rubor de la vergüenza ajena. Y encima se dedican esas palabras tan bonitas “gracias mi amor, mi vida, mi tesoro, mi cielo, mua mua mua” ¡Repugnante! Con todo esto, lo único que consiguen demostrar es que además de ser unos cursis insoportables se odian.

Creo que sólo una vez le he hecho un regalo a mi padre el 19 de marzo, en cuarto o quinto de EGB. Nuestro gran maestro, Don Manuel Moralo Murillo, a quien siempre querré, prácticamente nos obligó a guardar parte del estipendio semanal asignado por nuestros padres para hacerle a nuestro progenitor un regalo en su día.

Pensad en lo que más le pueda gustar a vuestros padres”- Nos dijo Don Manuel, y yo, dentro de mi inocencia, ingenuidad y mi sentido práctico de las cosas, no tuve otra ocurrencia que regalarle un paquete de Fortuna, que a mi entender, era lo que más podía gustarle. Si esto hubiera ocurrido hoy en día a mis padres les habrían retirado mi custodia fijo. Mi padre tras la sorpresa inicial, se mondaba de la risa, y además le vino muy bien, pues no tuvo que cambiarse para salir a comprar tabaco por la mañana.

A mi madre creo que fue incluso años antes, en primero o segundo, cuando le hicimos el típico trabajo manual. No sé si fue un joyero fabricado con un bote de Nesquit (mi hermano Gonzalo escribiría Neskuit), pero vamos, entiendo el esfuerzo y la buena intención de mi querida “seño” Doña Loli, pero en los ojos de mi señora madre no se reflejaba ilusión alguna, mientras yo, cabizbajo, le juraba por Osiris y por Apis que no sufriría aquel tormento nunca más. Y así ha sido, y estoy muy orgulloso.

Así que ya saben, olvídense de estos estúpidos días horteras que nos incitan al consumismo más absurdo y preocúpense de cuidar y querer a sus familiares y parejas.


Además, nunca esta clase de día fueron bien vistos siquiera por las más altas esferas de la sociedad. De hecho, el conocido noble de origen francés, el Conde du très grand cul, hombre brillante y de educación exquisita, desheredó a su joven vástago, el Barón de l'énorme merdé, indignado tras recibir una horrorosa bufanda de cuadros rojos y verdes con el emblema familiar de los “Grand Cul” como presente por el Día del Padre. ¡Bien por el Conde du très grand cul! Su indignación y posterior gesto quedaron ante la Historia plenamente justificados. ¡Faltaría más! Y es que todo tiene un límite. ¡A ver si nos vamos enterando!