Don de Loch Lomond

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martes, 13 de mayo de 2014

Coches viejos

Enrique Falcó. Conductor nostálgico

¿Quien no querria tener un coche como este?
¿Quien no querria tener un coche como este?

De entrada que quede claro que no soy un apasionado de los coches. Es decir, que algún modelo espectacular puede llamarme la atención, de la misma manera que un bonito cuadro, un bello paraje o una preciosa sonrisa.

Pero no estoy al tanto de las nuevas gamas, ni de las prestaciones, ni siquiera de las marcas. Es un tema que nunca me ha interesado especialmente y siempre me ha aburrido una barbaridad. No obstante me llama poderosísimamente la atención la importancia tan grande que mucha gente, de todas las edades, presta a los coches, y especialmente a los de los demás.

Siempre he visto en ese comportamiento una manifiesta declaración de inferioridad, grandes dosis de envidia y algo de pensamiento cateto, para qué nos vamos a engañar. Existen quienes no te conocen de nada, no saben tu nombre ni tu edad, ni siquiera a qué te dedicas o si eres buena o mala persona, pero te miran por el barrio con cierto respeto porque conduces un Audi o un BMW.

Y al contrario, los hay que a pesar de tener que sustentarse con sopas de sobre, y practicar la morosidad y la ignorancia más despreciable, miran por encima del hombro a los honrados ciudadanos por ostentar el innegable status que supone conducir un turismo tan descomunal.

Nunca entenderé tal afición y tan reprobable comportamiento. Jamás he comprendido a los que trabajan para pagar un coche, sino al que adquiere un vehículo para ir a trabajar, y de paso para poder obtener cierta autonomía que le permita desplazarse con independencia o viajar con sus familiares, parejas o amigos.

La verdad es que hace cierta ilusión estrenar un coche, no lo niego, quizás porque este se convierte en un habitáculo sagrado que te acompaña al trabajo, de vacaciones, y por qué no, quizás sea testigo de momentos íntimos o entrañables que no se olvidan fácilmente.

Nunca se me olvidará hace siete años cuando me compré mi Citroën Xsara Picasso. No me pregunten por qué, pero quería ese coche. No tenía ni idea de los caballos que tenía, ni los cilindros, ni nada de nada, entre otras cosas porque no sé para qué valen, pero me encantaba cuando lo veía en la tele. Y además era muy grande, con lo que el problema de mi inmensidad y altura quedaba solucionado. El maletero era descomunal y encima se convertía en furgoneta.

Siempre deseé tener un coche tan grande para poder transportar mi batería de garito en garito. Ya les cuento. Fue muy especial. Mi primer coche, comprado con el sudor de mi frente y estrenado por mi menda. Pero no olvido mis otros primeros coches, en donde aprendí de verdad a conducir y a circular, aquellos heredados de mi padre, que cada año que transcurre se me antojan más entrañables.

Es muy entrañable heredar el viejo coche de tu padre
Es muy entrañable heredar el viejo coche de tu padre.

Recuerdo con especial cariño el primero de ellos, un Seat 131 Diplomatic, que tendría la friolera de casi 20 años. Aun así con las prestaciones más actuales. Disponía incluso de cinturón de seguridad en los asientos traseros, algo que no era muy habitual en los coches más antiguos, e incluso aire acondicionado, dirección asistida y elevalunas eléctricos.

Tenía una potencia formidable, algo peligroso para un novato, pero lo peor sin duda era que poseía el ralentí más bajo de la historia y no había forma humana de subirlo.

 La primera vez que lo utilicé, con mi hermano pequeño como conejillo de indias, se me calaba cada vez que paraba o intentaba cambiar de marcha. ¡Acostumbrado a aquellos coches de autoescuela que no se calan ni a la de tres! Si ese día no tuve ningún accidente significa que pasé la prueba, y así el ‘Falcomóvil’ o ‘Diplodocus’ como lo llamaban mis amigos, se convirtió en compañero inseparable en excursiones, botellones y conciertos.

No utilizaba gasolina. Literalmente la tragaba. Recuerdo un viaje a los Estudios Jammin de Mérida ida y vuelta a Badajoz. Dos mil pelas de la época (año 98) que ya eran litros, y al volver ya se me estaba encendiendo la reserva.

Después heredé un viejo Passat, otro cochazo increíble y enorme, pero con la particularidad de que carecía de aire acondicionado y de dirección asistida. Cuando llevaba a un compañero al trabajo, este debía de ayudarme a mover el volante para maniobrar. Después, a lo mejor en pleno agosto, muerto de calor, me preguntaba: «¿Tiene aire acondicionado?» Y yo respondía irónico: «Sí, sí, acondicionado… a condición de que bajes la ventanilla».

Guardo muy buenos recuerdos del "Diplomatic" con el que aprendí a conducir.
Guardo muy buenos recuerdos del "Diplomatic" con el que aprendí a conducir.

Desde que vivo en un nuevo barrio periférico en mi ciudad, mi novia y yo nos vimos en la necesidad de disponer de otro vehículo para asegurar nuestra movilidad, por lo que heredé hace más de un año el viejo coche de mi tío Juan Carlos, heredado y maqueado a su vez por mi hermano, y que ahora suele pasear quien suscribe con la cabeza muy alta por su ciudad.

Aunque la carcasa exterior es horrible, y hay quien no me mirará con buenos ojos, yo le profeso el más especial de los cariños, pues hace mi vida más práctica, cómoda y feliz, y precisamente de eso se trata.

Es curioso, pero en mi bloque de reciente construcción, cada vecino dispone de una plaza de garaje, aunque casi todos disponemos de dos autos. Casi todos los coches más nuevos duermen bien guarnecidos en el subsuelo, mientras la calle de atrás es una exposición de coches viejos, antiguos y casi destartalados.

Lo normal, como venía ocurriendo hasta ahora, sería que poco a poco los viejos turismos desvencijados dieran paso en la calle a los del garaje, que a su vez irían dando paso a los de nueva adquisición. Pero me da en la nariz que quizás este ciclo cronológico va a sufrir una pausa importante en pos de mejores tiempos, y las calles de nuestras ciudades se convertiran en un marco de coches viejos, otrora olvidados, y que ahora son, cuando hay problemas, los que nos sacan las castañas del fuego.

No repudien ni desprecien estos coches, ni los envíen con un billete de ida al cadalso de cualquier desguace a las primeras de cambio. Es época de coches viejos, de coches que sabrán disculpar a sus dueños el antiguo desprecio y la falta de atenciones.

De coches viejos, cuyas almas nunca olvidarán que hubo un día en el que fueron el orgullo y la ilusión de sus entonces soñadores dueños.

Publicado en Diario HOY el 13/05/2012