Don de Loch Lomond

Don de Loch Lomond

miércoles, 26 de junio de 2013

El niño que subió al Enterprise



Tan inevitable como el respirar es el sano ejercicio de relacionar unas palabras con otras, para que ambas denoten y connoten pareja ilusión, alegría y felicidad, o por el contrario ayuden a diversificar y compartir lo negativo o traumático que nos produzca su imagen mental en lo más hondo de nuestra sesera.

Es curioso cómo esta unión temporal de palabras torna con los años amparándose en la ineludible transformación de circunstancias que padecemos los seres humanos. De niño la feria de San Juan eran “los cacharritos”. Así de sencillo. De adolescente la relacionaba más bien con el botellón y bellas muchachas desprovistas de casi toda su ropa, con pantalón muy ajustado o faldas no más anchas que cualquiera de mis cinturones. Ahora de adulto el nuevo recinto casi ha desaparecido en el horizonte de mis recuerdos, y me contemplo tomando cañas y tapas en los bares de la ciudad, lejos del incómodo tumulto mezclado con polvo al que se le suma un viaje interminable de ida y vuelta.

Si acaso los puestos de cariñena con barquillos, y por qué no confesarlo, aquellas locuciones inolvidables de los “Hermanos Pernía” o la jauría de tómbolas son las que me obligan a pisar, aunque sólo sea por una o dos jornadas, el nuevo recinto. 

Pero trasladémonos de nuevo en el tiempo hacia la infancia, ya que sin duda son los niños pacenses quienes más disfrutan de nuestra Feria.

Cuando era pequeño “los cacharritos” me volvían loco, pero los de los niños pequeños, los más seguros. Aquellos que por ejemplo se limitaban a unas tranquilas vueltas en plan “tío vivo” sin más sorpresa que el arranque de la atracción o un inocente sube y baja. Y así era feliz. Nunca brotó deseo alguno en mi precavida y pueril naturaleza de exponerme a peligro cualquiera por nimio que se mostrara

El menda era más de reírse en “La cámara de los espejos”, aquellos  que deformaban nuestra imagen de manera tronchante, que de gritar como loco en aquel “Tapiz” que parecía que iba a soltarse para mandar a las primeras de cambio a todos sus ocupantes al país vecino. Disfrutaba más tratando de hallar la salida en “El laberinto de cristal” que enjaulándome en “El barco pirata”. Creo que ustedes me van entendiendo.


Siempre contemplé la posibilidad de un accidente en las atracciones de feria como una de las muertes más atroces que se me ocurrían en mi calenturienta imaginación, formada a base de cómics, películas juveniles de Hollywood y dibujos ochenteros, como la celebrada  “Dragones y Mazmorras”, serie infantil animada que ayudó a alimentar mi celo sobre las atracciones, ya que en ella, un joven grupo de amigos, se ve inmerso sin comerlo ni beberlo en una pesadilla cruel y fantasmagórica en lo que a priori era un divertido día en el parque de atracciones.

Esta pequeña aprensión debe de ser algo parecido a lo que algunos experimentan al volar en avión, acción por cierto, que jamás causó miedo o pavor en mi persona. De accidentes en los cacharritos alguno hemos tenido en nuestra ciudad, y varios especialmente desgraciados en nuestro país, pero seamos francos y reconozcamos que son tan poco probables como los accidentes de avión, y que hay más oportunidades reales de pegarse una considerable leche caminando tranquilamente hacia el trabajo que en una de estas atracciones, y esto es algo, que les cuento por propia experiencia.

De repente, la naturaleza sigue su curso y la Feria de San Juan ya no se representa en mi cabeza a través de aquellos “cacharritos” tan ingenuos e inofensivos, y la necesidad y el deseo de hacerme notar ante el juvenil género femenino consiguieron que me convirtiera en un experto en no chocar en “Los Autos de Choque”. Pero el destino no está carente de cierta ironía, y no se iba a conformar sino poniéndome a prueba de la manera más cruel y traumática.


Una noche de San Juan, a mis 15 primaveras, trataba de terminar la noche intentando conseguir algo más que palabras de cierta homóloga femenina mientras acompañábamos a otro amigo y su ligue en un desfile de atracciones cada cual más pavorosa y temible. No sé quien tuvo la maldita idea, pero cuando escuché lo de: “¡Vamos a montarnos en el Enterprise!” no sé muy bien cómo fui capaz de mantener el tipo, fingiendo incluso que ninguna idea por estupenda que fuera me podría apetecer más.

¡Los siguientes minutos fueron horribles! Desde la inquieta calma que precede a la más cruenta de las batallas me di cuenta que jamás volvería a ser la misma persona

Cuando la atracción comenzó a moverse a una velocidad que a mí me pareció la de la luz, de mi alma saltó para siempre al vacío lo poco de niño que quedaba en mi cuerpo de adolescente. Si no vomité ni me mareé, ni expulsé líquidos o sólidos alguno fue sencillamente porque estaba muy concentrado en sujetarme tan fuerte como si temiera soltarme para caer al fondo de las calderas del mismísimo Infierno.

Al terminar de dar vueltas, aquella mágica noche de San Juan me había convertido en un hombre, y como tal, jamás volvió a darme vergüenza alguna reconocer que aquello no era precisamente lo que más me gustaba en el mundo. Es más, desde entonces repetía a viva voz y abiertamente a todo el que quisiera escucharlo que aquello del “Enterprise” era una tontería como un templo más propia de niños que de hombres, y que uno ya estaba muy crecidito para según qué chorradas. ¡Hasta yo mismo me lo creía!


Todavía hoy, alguna noche veraniega de la Feria de San Juan encuentro este trocito de alma infantil perdida dentro de los ojos de algún preadolescente valentón dispuesto a todo por conquistar a aquella niña con la que preferiría estar paseando de la mano e intercambiando sus primeros besos por el ferial, en lugar de someterse a tan singular tortura.



Pero nadie dijo que hacerse mayor fuera cosa sencilla o fácil, y en el transcurso de la vida hay que afrontar peligros inimaginables y situaciones que te gustaría evitar.



Es ley de vida, no siempre puedes quedarte al margen esperando para contemplar lo bien o lo mal que lo pasan los demás en el “Enterprise”.