Don de Loch Lomond

Don de Loch Lomond

jueves, 26 de septiembre de 2013

Gordos


¡Arranca, frena y claxon... claxon, claxon, golpe!

Lamentablemente, a pesar de que toda la vida has practicado deporte, los años van pasando, y cuando los kilos de más te han ganado la batalla diaria y te abandonas a los brazos de la gula (que junto a la lujuria y la pereza está entre los mejores pecados capitales) más de lo que debieras, todo el mundo se cree con derecho a decirte a la cara lo gordísimo que estás

“¡Qué a ver que haces hombre!”, “¡Qué tienes que cuidarte!”, “¡Qué a ver si te va a dar algo... qué eres muy joven todavía!”. “Fíjate yo, a tu edad pesaba 60 kilos”. 

Y digamos que a su seguro servidor, quien suscribe, que está gordo y orondo como el muñeco de Michelín y al que hace siglos que la talla XXXL se le quedó corta… de equis y de eles, le entran ganas de ciscarse en los muertos de los susodichos graciosetes, graciosetes que, por cierto, además de no tener ni puñetera gracia, suelen padecer defectos físicos o psíquicos por los que a nadie se les ocurre practicar mofa o befa. 


Por una parte uno sabe que no deja de haber cierto cariño y preocupación, y más si la regañina viene de familiares, compañeros o amigos, pero a uno le entran ganas de responder: “¡A ver si cuidamos ese aliento!” o “¡Ay que fastidiarse lo calvo que te estás quedando!” “¡Menuda paella de granos tienes en la cara!” “¡Veo que sigues con el mismo tic en el ojo!” “Por cierto aún no te has corregido la tartaja ¿no?” y demás lindezas.

No sé como explicarles, es como si todo el mundo se creyera con derecho a opinar de mi cuerpo y mi vida, y humildemente, teniendo ojos en la cara no necesito que me atosiguen cada dos por tres para decirme que los kilos de más son nefastos tanto para mi físico como para mi salud.

Mi madre no para de repetirme -“¡Ay que ver hijo, con lo guapo que tú eras antes, y lo delgadito que estabas!” -¿Entonces qué pasa? ¿Que ya no soy guapo? ¿Es que el exceso de peso lo convierte a uno automáticamente en un cayo malayo? 

Modestamente puedo llegar a reconocer que estoy bastante más gordo de lo que debería, pero jamás aceptaré el hecho de que porque haya engordado me haya vuelto feo de repente. Qué quieren que les diga, me gustaría que vieran ustedes a un montón de conocidos míos que están súper delgados y son mil veces más feos que pegarle a un padre, algunos son de exposición.


Para colmo te encuentras con estudios y encuestas absurdas, donde se acusa a los obesos, entre otras cosas, del aumento del absentismo laboral o el alto coste que conlleva sus tratamientos a la Seguridad Social

Déjenme que les diga, que en mi actual empresa, a la que presto mis servicios hace ya cinco años, sólo he tenido que faltar a trabajar tres miserables días, y porque me dio un ataque de lumbago haciendo la mudanza de un apartamento a una casa más decente donde cupieran mis trastos, el mismo lumbago que me daba a los 14 años cuando era un gran deportista que practicaba fútbol, baloncesto y salto de longitud, y que pesaba sólo 60 kilos. 

Tendrían que ver la cantidad de trabajadores que, flaquísimos todos, ellos y ellas, se ausentan de sus obligaciones laborales con bajas por gastroenteritis, gripes, esguinces, problemas musculares, fiebres, mareos etc. Y respecto a la Seguridad Social, mi médico puede dar buena cuenta de que si alguna vez me ha recetado algo en treinta años ha sido una aspirina, o una crema para aliviar los roces de las piernas (como estoy tan gordo me rozan los muslos) la última por cierto con un coste de 90 céntimos.

Hace unos años, un profesional del mundo del fitness se atrevió a afear mi físico, a vocearme en público y a insistir en que iba a llevarme a un gimnasio a ver si adelgazaba a base de sudar y sudar. Yo, que aunque gordo siempre he sido un cachondo mental, le contesté “ufff... señor lo siento, pero es que a mí sudar tanto me parece una ordinariez, y además me da muchísimo asco”. La carcajada general de la concurrencia le quitó las ganas de abroncar a un tío hecho y derecho, de casi treinta años de un metro ochenta y dos y ciento treinta kilos de peso. ¡No va uno a callarse siempre!

Yo no estoy gordo... es que me caí en la marmita de poción mágica cuando era chiquinino

No sé, hay veces que pienso que algunos flacos, con culos duros, torsos perfectos y cuerpos de escándalo, y que no son nada felices, se empeñan en hacernos ver que deberíamos sentirnos desgraciados por estar como nos place y creo que deberían preocuparse por encontrar su felicidad sin la necesidad del regocijo en lo que ellos consideran una desgracia.

 Y vuelvo a insistir: que uno esté gordo no significa que esté ciego o tonto, y sabemos que nos conviene perder algo de peso, que va a ser mejor para nosotros, para nuestra salud, para nuestra comodidad, pero por favor se los ruego, sin prisas, poco a poco, sin agobios, que no todo el mundo tiene la autoestima tan sobrada como quien suscribe, que a mucha gente (sobre todo a los jóvenes) este tema puede afectarles mucho y no hace falta que toquemos desagradables temas como la anorexia, bulimia y demás desórdenes alimentarios.

A principios de año intentaré adelgazar. Espero que mis queridos graciosetes me animen tanto como ahora me machacan. Ya les contaré lo contentas que se pondrán mi madre, mis hermanas y sobre todo mi novia.


Esa es otra. Como soy un puñetero gordo, cada vez que me ven con mi novia de toda la vida, tan guapa ella y tan delgada, no dejan de preguntarme cómo es posible que tenga una novia así. ¡No te fastidia! ¡Ahora resulta que por estar gordo tengo que emparejarme necesariamente con una fea y gorda

Una cosa es estar gordo y otra ciego o tonto. Lo que en realidad fastidia a los flacos, es que la novia del gordo esté como un bombón.