Don de Loch Lomond

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martes, 16 de junio de 2015

El Tuit de Zapata


Que poco tardan algunos en practicar el desaconsejable ejercicio de rebuscar entre la basura ajena, cerco de vergüenzas e inmundicia donde de ningún modo han de encontrar cotas de dignidad alguna. Sin olvidarnos del desagradable tufo que ello supone, y del que a riesgo de aliñarse con tan repugnante esencia puedan resultar repelidos por el resto de la masa.

Todos, sin excepción, ostentamos el deshonroso lastre de nuestras pequeñas miserias, algunas purgadas por el paso del tiempo, y otras injustificables, escondidas en el más recóndito hueco de nuestra memoria.

No seamos hipócritas. Yo mismo, que me tengo como persona de bien e incluso sensata, también he practicado y participado del humor negro, y como hombre visceral y temperamental, en alguna ocasión he pecado de bocazas, o incluso bebido más de la cuenta pronunciando frases que jamás habrían tenido que salir por semejantes tragaderas. Ahora bien, no por ello me exijan que purgue pena alguna en las calderas del mismísimo Infierno si dentro de 10 años me presento como alcalde de mi ciudad.



A Guillermo Zapata, que acaba de recibir su acta en el Consistorio madrileño, ya quieren exigirle responsabilidades políticas por una serie de tuits de hace años en su cuenta personal de Twitter, cuando ni siquiera era Concejal.

No seré yo quien juzgue si tales afirmaciones mezcladas en forma de chiste con un negro sentido del humor sean o no reprobables, pero siempre tiene que haber alguien que tire la primera piedra, y ello seguramente, sin estar libre de culpa.

Hay que saber perder, hacer auto crítica e intentar dar lo mejor de sí mismos para mejorar y sobreponernos, pero la hipocresía y la demagogia que se practica en este país es tan rancia y vomitiva que deberíamos preguntarnos si no estaremos todos continuamente escarbando en la basura de los demás, solo así se entendería el mal olor que envuelve nuestra política, donde todos parecen salpicados de alguna manera por el Pantano del hedor eterno, aquel dantesco fango del universo Jim Henson.

No quiero decir con ello que Guillermo Zapata haya de ser un santo, ni compararlo con la pura y bella Jennifer Conelly que se libró de milagro de ser salpicada por el lodo infernal, pero lo cierto es que alguno políticos, como la propia Esperanza Aguirre, quien indignadísima exige de inmediato la dimisión de Zapata, se asemeja al personaje de Jareth, el Rey de los Goblins, aunque evidentemente sin la majestuosidad que desprende el gran David Bowie.


El avance de partidos políticos como Podemos molesta a mucha gente, yo aun diría más, asusta a muchos que gozaban de una tranquilidad y estabilidad basada en privilegios insultantes, y el miedo en muchas ocasiones, obtiene como resultado algo más que adentrarse en el camino hacia el lado oscuro. El miedo de políticos como Esperanza Aguirre tornará a terror cuando tantos escépticos comprueben que la participación de nuevos partidos en el juego democrático no ha de suponer nada negativo en su día a día, y que incluso al contrario, puedan observar con cierta sorpresa aspectos positivos con los que quizás no contaban.


Hay que dejar trabajar a la gente, sobre todo a los políticos que han de contribuir para la consecución de un cambio necesario para un país más justo. Si Guillermo Zapata demuestra en unos años signos evidentes de incompetencia o de no poder estar a la altura del cargo que ostenta, allá cada uno a la hora de exigir responsabilidades políticas, pero olvidémonos de estupideces de redes sociales, del “y tu más”, de herencias recibidas y pongámonos serios para afrontar los asuntos y problemas que realmente nos preocupan.


Publicado en Diario HOY el 16 de Junio de 2015


martes, 6 de enero de 2015

El príncipe destronado


No deja de entristecerme lo tranquilo que duermo cada noche del 5 de Enero. Desde hace ya muchos años, se me hace corta, como casi todas las noches, a pesar de que antaño se me antojaba eterna y realmente interminable.

Yo siempre creí en los Reyes Magos, y aunque opinaba que aquello de la cabalgata era un rollazo. A Sus Majestades las veneraba, ayudado quizás por los maravillosos e increíbles sucesos que me narraban mis padres sobre el poder de estos y lo grandioso de su magia, bondad y amor a todos los niños.

Hasta que nació mi hermano pequeño, yo era el encargado de abrir la puerta del salón en la mañana del 6 de enero, aquella puerta que señalaba el camino hacia la ilusión y la felicidad, que no volvería a llegar hasta el próximo año.

Mis padres y hermanas siempre me cuentan que cuando nació mi hermano pequeño, yo sentía celos. De corazón les confieso que nunca albergué tal sensación en mi imberbe inocencia. Quería a mi hermano; el problema por lo visto es que no ejecutaba cabriolas de alegría el día que me enteré de su llegada al mundo y que me fastidiaba no poder jugar con mis amigos en casa porque hacíamos mucho ruido y él estaba dormido y era muy pequeño y podíamos despertarlo, pero sí he de reconocer que me dolió la primera vez que fue él el encargado de abrir la puerta de aquel maravilloso salón en casa de mis padres. Desde entonces nada volvió a ser lo mismo.



 

Parte de aquella bendita ilusión se había esfumado, amparada quizás por una natural progresión de conciencia y una mera cuestión de edad que iba mostrando lo obvio de la situación. 

Al contrario que muchos niños, nunca me sentí traicionado, ya que de una forma u otra siempre he creído en la magia en sí y en la ilusión que producen los Reyes. Quizás el problema sea que estamos matando poco a poco la ilusión.

En un mundo como el nuestro en donde cada vez hay menos niños y parecen ser éstos una molestia más que una bendición, no solemos tener reparo ni discreción a la hora de realizar nuestras compras. Existe una especie de necesidad en esta sociedad, no sé si consciente o no, de impulsar insistentemente a los niños hacia la edad adulta. Entre todos, adultos, televisión y centros comerciales, transformamos poco a poco ilusión e inocencia en realidad y practicidad. En algunos anuncios de la tele de juguetes aparece el precio en cuestión, y en montones de centros y jugueterías muestran cartelones en plan “Reserven aquí sus regalos de Reyes”.

Muchos padres sin pretenderlo han sido responsables de la temprana pérdida de inocencia por su poco sentido de la discreción o cuidado, algo que nunca ocurrió en mi casa. Como diría “Helen”, la esposa del revendo “Lovejoy” en “Los Simpson”: “¿Y los niños? ¿Es que nadie piensa nunca en los niños?”.

Como niños nos queremos sentir todos estos días, pero no es fácil, y menos con la que está cayendo y la que se avecina. El pasado 5 de enero, momentos antes de comenzar la jornada en mi trabajo, me vi sorprendido por una especie de mesa redonda en la sala de descanso donde varios compañeros recordaban con nostalgia y dulce sonrisa, cómo preparaban sus zapatos la noche del 5 de enero, y las delicatessen con la que obsequiaban a Sus Majestades.

 

Mi menda, como en los últimos años por estas fechas, estaba gruñón y de mal humor, así que escondí mi rostro tras una de esas estúpidas revistas de corazón, como si me interesara muchísimo que Chenoa vuelve a estar soltera, tapando mi cara mientras me empapaba de todo y me envolvía un anhelo de tristeza y de melancolía. No quise participar en la conversación, así que se lo cuento a ustedes ahora.

Mientras muchos de mis amigos les dejaban leche o café con leche y galletas, e incluso cubos de agua para los camellos, para mí, lo normal era dejar unos cigarros y qué se yo, un buen wiskazo o bebida de licor. En el fondo mi padre, aunque no alcanza mi sentido del humor, a su manera siempre ha sido un cachondo mental.

-¡Hay que ver la de colillas que hay! ¡Y se han trajinado media botellita! - Exclamaba asombrado y divertido ante el buen fumar y la implacable sed de sus graciosas Majestades. A mí que a los Reyes les gustara fumar y beber whisky me parecía lo más normal del mundo. ¡Qué tiempos! Si eso ocurriera hoy y se enteraran los servicios sociales, a mis padres les retiraban la custodia, fijo.

La pasada noche de reyes volví a sentirme como un príncipe destronado, al que le han robado la ilusión. Será que todavía no hay niños pequeños por casa que te obliguen a disimular y a participar en la alegría del momento, a insistir en la magia y en la ilusión y a volver a ser un niño feliz a través de sus asombrados ojos rebosantes de entusiasmo y fascinación. Les confieso que en el último instante me traicionó el subconsciente y dejé junto a los zapatos una botella de LOCH LOMOND y tres vasos.



No me sorprendió nada comprobar que estaba intacta a la mañana siguiente. No sé en qué estaría pensando, pero existen momentos, en que a pesar de aceptar que ya no somos niños y sobrellevar con dignidad el paso del tiempo, uno no puede dejar de pensar que Melchor, Gaspar y Baltasar acudirán algún día al rescate en pos de la ilusión y la magia perdida que el niño de ayer no supo contagiar al hombre de hoy.


Publicado en Diario HOY el 08/01/2012

 

martes, 14 de octubre de 2014

Moscas, mosqueados y moscardones


Enrique Falcó. Cruzado anti moscas

Moscas, mosqueados y moscardones

     Anda el personal muy mosca últimamente, mosqueado y a base de bien, con algo más que la mosca detrás de la oreja. Como si a más de uno le hubiera ocurrido aquello tan desagradable de encontrarse una mosca en la sopa.

¡Vaya semanita! Anunciaron los sindicatos una huelga general y hubo huelga en Educación… huelga decir que precisamente, en educación, algún moscardón que otro siempre parece encontrarse en huelga, ustedes ya me entienden, que se está liando parda vamos. Asaltos a colegios por un lado, insultos e intentos de ocupar una emisora de radio por otro… 

A la chusma, amparada en el anonimato que propicia la muchedumbre, parece que le priva un linchamiento más que a un tonto un lápiz y acuden a ellos como las moscas a la miel (da) que no a la comprá, si me permiten aquel ingenioso juego de palabras que tantos nos gustaba relatar de pequeños. Como pequeños y molestos son los ‘mosquitinos’ que asolan últimamente por todas partes. Algunos dicen que son moscas recién nacidas, y otros que son mosquitos de la fruta, pero de una u otra manera parecen indestructibles.
     

Siempre me dieron asco los insectos, y como todo hijo de vecino tengo mis manías. No soporto la presencia de una mosca en el habitáculo donde me halle, oye. Si estoy disfrutando con un libro o una película y una mosca revolotea alegre y coquetona por los alrededores, no paro hasta darle caza y desmenuzarla con lo primero que se me venga a mano, que suele ser casi siempre la portada del libro en cuestión.

Y que no me vengan los moscardones amigos de los seres vivos a ciscarse en mis muelas, pero es que las moscas me producen tal efecto de suciedad e insana sensación que es que no puedo seguir realizando tranquilo actividad alguna.

Con los mosquitos me ocurre algo parecido. Ya puedo tener todo el sueño del mundo acumulado que como mis orejas capten el particular y molesto deambular de algún mosquito osado, el menda no para hasta darle caza aun a riesgo de manchar con sangre (del mosquito claro) sus propias manos. «Lo has convertido en algo personal», le inquiere el menda al insecto, cual tipo duro de pacotilla parodiando a un Clint Eastwood cualquiera.

Y no me importa si me desvelo, o si pierdo el sueño, qué narices, también a un gran hombre le puede exasperar una miserable mosca. Además, para cazar una trucha has de perder una mosca, o un mosquito, y peor para estos provocadores insectos, que se ofrecen suicidas e imprudentes, ya que no puede ser más apropiado el dicho que afirma que la mosca que no quiere ser cazada está más segura cuando se posa en el matamoscas.

La verdad es que en las recientes bodas de mis amigos me he pillado una buena "mosca".
La verdad es que en las recientes bodas de misamigos me he pillado una buena "mosca".


 Para mosca por cierto la que agarré ayer, en la boda de mi íntimo Adolfo Portillo Campini, aunque no llegó a los extremos de embriaguez de la de mi amigo ‘El poeta’ del pasado día de Extremadura. Dejé de lado el Loch Lomond y me centré en el ron añejo cortito con mucha Coca-Cola.


Seré la vergüenza de los piratas pero uno ya no está a sus años para muchos más achaques, y la ingesta desmesurada de bebercio te atonta la humanidad para varios días. ¡Ahora que para tonta la climatología! Ahora que llueve, luego que escampa, diluvio va, sale el sol por Antequera… «Ante que era» un placer pasear tranquilamente hasta el tajo, (pronúnciese mejor Guadiana, ya que el «tajo», o sea, el Gran Hotel Casino de Extremadura, se encuentra al amparo del río) y ahora no sabe uno si salir con el paraguas, de manga corta, de manga larga, en coche, moto, sidecar, bus o taxi.


El menda siempre que necesita un taxi llama a José Carlos García Márquez, el mejor taxista de Badajoz, y presidente además de Radio Taxi Badajoz. En una entrevista publicada el viernes pasado en este mismo diario, mi amigo José Carlos mostraba la dura realidad de la profesión: subida de la gasolina, incremento de robos y agresiones, importante bajada en picado de clientes… vamos que los taxistas también están mosqueados, como todos.


Por si las moscas, no volveré a incidir en el tema de la limpieza. El pasado jueves, en la tertulia radiofónica del programa de Canal Extremadura Radio donde colaboro, ‘El sol sale por el oeste’, a raíz de unas declaraciones de un compañero tertuliano sobre la suciedad en Cáceres, a quien suscribe le dio por afirmar categóricamente que pocas ciudades más guarras existen que Badajoz, y evidentemente a causa de sus incívicos ciudadanos.


Así lo solté, sin anestesia y sin nada, y así de mosqueados andan algunos lectores y oyentes, especialmente algunos que me han escrito a mi correo electrónico (que saben que siempre figura al final de esta tribuna a disposición de todos) para acordarse de mi señora madre, y no precisamente porque el pasado martes haya sido su cumpleaños.


En moscas cerradas no entran bocas mi querido Hernández...
En moscas cerradas no entran bocas mi querido Hernández...

«En boca cerrada no entran moscas mi querido Hernández». «Bien dicho Fernández, yo aun diría más. En mosca cerrada no entran bocas».

Si cuentan con que el menda esconda la pluma (literaria) y cierre el boquino ante la evidencia de la realidad que se le presenta en la cara a diario… será mejor que no me lean (valga la redundancia) en este diario… ¡ni en mi blog por el cetro de Ottokar! Y que sintonicen otra emisora si ya no sintonizan bien conmigo.

 Pero tampoco se enfaden por el amor de dos… que una maldición nunca ha matado una mosca.
Desahóguense si lo prefieren, pero ya les advierto que a olla que hierve ninguna mosca se atreve. Yo a lo mío, que es a entretenerles, y divertirles, que con maña caza a la mosca la araña. Al menda lo único que le ha picado en la vida ha sido el amor, que es como la mosca Tse Tse, que si te pica sueñas.
Ya sé, mis queridos y desocupados lectores que estoy últimamente muy jocoso e irónico, pero ya lo saben: «Cuando el diablo se aburre, mata moscas con el rabo».


 
 

martes, 16 de septiembre de 2014

El Plato frío

Enrique Falcó. Angelito en pelea continua con su diablillo




“¡Yo no soy rencoroso… pero el que me la hace me la paga!”

Esta frase tan seria, edulcorada quizás con algo de “fino” humor, la ha soltado el menda en innumerables ocasiones sin ningún tipo de complejos y ante incredibilidad de la concurrencia. Y la he pronunciado tal que así, sin más, sin anestesia y sin nada, porque no puedo dejar de afirmar que de esta guisa es como me siento y así, de forma tan sincera lo expreso. 

Me veo en la necesidad de confesar ante todos ustedes que es probable que sea este feo sentimiento, el rencor, mi peor y más vergonzante defecto. Porque en el fondo, es cierto, soy algo rencoroso. Y es que no puedo evitarlo. Siempre trato de ser buena persona, se los juro, pues ya he dejado constancia por escrito tanto en esta Tribuna como en mi Blog que considero que es lo más importante en la vida y la meta de cualquier hombre independientemente de su condición, raza o religión. 

Pero uno no es más que un ser humano, y como tal, también está sometido a sus bajezas más deplorables. Esta cuestión no deja de resultarles algo chocante a mis familiares, amigos y conocidos, que tienen a priori un concepto de mí algo más bonachón, el de una persona sin malicia ninguna, muy simpaticote y tal. 

Alguno de ustedes también podrán sentirse asombrados, pues pensarán que con lo graciosote que suelo ser, no parece que sea amigo de sentimientos tan horribles. “¡Quién lo iba a decir!”- Pensará más de uno. “Con lo gracioso y simpático que parecía cuanto contaba que estaba más gordo que elmuñeco de Michelín.” 

Pues lo siento, señores, no soy perfecto, y aunque puedo prometer y prometo que jamás he hecho daño alguno a alguien, sí conservo en el fondo de mi corazón sentimientos tan deleznables, aunque cierto es también que dirimo una batalla diaria contra ellos en las que desgraciadamente no soy siempre el vencedor. Ya saben ustedes que en la guerra nunca hay vencedores, sino vencidos.


El problema es que el rencor genera odio, y el odio es hijo de la venganza y nieto de la rabia más miserable que se oculta en el fondo de nuestra alma. La venganza dicen, es un plato que se sirve frío, y a mi hay platos que me gustan bien calentitos, como la sopa. No sé si me entienden. No me gusta nublar mis sentidos y dejarme llevar por el rencor, las ansias de venganza, en definitiva, lo peor de mi condición humana. Está claro que el único camino indivisible hacia la curación de este sentimiento es el perdón y el olvido. Que fácil sería si fuésemos como los ordenadores, y pudiéramos resetear el disco duro de nuestros sentimientos cada vez que algo no funciona bien. Que pudiéramos reiniciar Windows cada vez que nuestro rendimiento no fuera todo lo óptimo que se espera de nosotros.

Perdono, pero no olvido” otra gran frase que desgraciadamente se cuentan entre las mías. No se equivoquen, es tan puñetera como la que abre el artículo de hoy. Debo hacer un esfuerzo para conseguir las dos cosas, perdonar y olvidar, aunque quizás, por otra parte no esté nada mal no olvidarse de todo, pues la alerta permanente puede ser buena consejera para evitar decepciones repetidas para con tus congéneres.

Quizás, y les aseguro que estoy tratando de ser lo más sincero posible, la única ventaja de ser tan rencoroso sea la de reconocerlo tan abiertamente, el de saber y ser consciente de qué pie cojeo. Quizás sea esto lo que pueda conseguir que en el futuro sea capaz de corregirme. La verdad es que no quisiera alimentar para siempre desde lo más profundo de mi corazón sentimientos tan negativos.

Reconozco que hay veces, en caliente, que he pensado cosas horribles de muchas personas, y que por ellas debería purgar en el Infierno hasta el fin de la eternidad. En mi defensa habría que matizar que estas personas me han hecho o han intentado hacerme daño, a mí o a los míos, y ante esta situación la realidad torna y te presenta a ti como el más cruel de aquellos a los que deseas lo peor.



Ya que estamos hablando de frases célebres, sacaré a la luz para terminar otra que también goza de gran popularidad, que es la de “el que ríe el último, ríe mejor”. 

No se dejen engañar, pues tal máxima encierra enorme cantidad de mala leche, amén por supuesto de grandes dosis de rencor y venganza. Desde estas páginas, les aseguro que seguiré luchando para ser mejor persona, para no reír el último, sino siempre, al principio y al final, y sobre todo para no tomar el plato frío, pues aquel que lo sirve no sazonará más que de desgracias su corazón hasta el final de sus días, y cuando se dé cuenta, es posible que sea demasiado tarde.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Desafío total



 Enrique Falcó. Mitómano 


                           ¿Quien no recuerda a la mutante de tres tetas de Desafío Total?

 El otro día, cuando charlaba con mi compañero José Manuel Perna sobre el ‘remake’ de ‘Desafío total’ volví a caer en la cuenta de que me estoy haciendo viejo. El hecho de que exista ya un ‘remake’ de una película tan especial de la adolescencia le hace a uno darse cuenta que el tiempo va pasando y va contando ya con una edad más que considerable. 

Ya sé, mis queridos y desocupados lectores, que son tres años escuchando la misma cantinela, pero uno no puede negar la evidencia cuando se le presenta cada dos por tres en la cara para abofetearle con toda su crudeza. Y es que aun recuerdo la primera que vi la entonces innovadora película de Paul Verhoeven protagonizada por Arnold Schwarzenegger.

 Fue en el año 1991, mientras los alumnos de 7º EGB del General Navarro volvíamos en autobús de una excursión a la que mi prodigiosa memoria no es capaz de poner destino. Pero recuerdo que era un lugar cercano, ya que no nos dio tiempo de acabar de ver aquella película que tanto nos fascinó. Y eso que el amable señor conductor dio un par de vueltas tontas y un rodeo en pos de que pudiéramos disfrutar del épico final.

Da igual en qué Planetas estés ¡Eso duele!

Todos corrimos al día siguiente como locos al videoclub para saber cómo acababa, y nos caló tan hondo que incluso mi amigo Adolfo Campini me regaló el juego de ordenador en mi cumpleaños para mi ‘Spectrum +3’. La inolvidable banda sonora la disfrutamos antes de cada partido que emiten en Canal +, y especialmente, la famosa escena de «dos semanas, dos semanas» es recordada por casi toda mi generación. 

A pesar de revisarla varias veces con los ojos de hoy, sigue teniendo un encanto especial que no cambiaría por ninguna otra versión. Pero quienes realmente consiguen que me sienta viejo son aquellos amigos, familiares y compañeros de «veintipocos» años que hacen gala de una increíble ignorancia y total falta de cultura general cuando abren sus inmensas tragaderas. 

Es en ese momento cuando recuerdo las frases que nuestros mayores nos dedicaban cuando éramos niños con especial desprecio: «Los jóvenes de ahora no sabéis nada», «no sé lo que os enseñarán en el colegio» y lindezas por el estilo, que para colmo eran verdad. Ahora soy yo quien se asombra ante el total desconocimiento y falta de cultura general de los más jóvenes mientras se me llevan los demonios. 

No puede ser casualidad. Tienen que existir más culpables que los propios jóvenes, y no todas estas culpas podemos demandarlas al lamentable sistema educativo de nuestro país.

Dos semanas... dos semanas...
 El pasado jueves, Ana Gragera y Antonio León, presentadores del programa ‘El Sol sale por el Oeste’ en Canal Extremadura Radio, donde colabora el menda, realizaron una interesante entrevista a Zacarías Calzado Almodóvar, decano de la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura. 

El educador estuvo brillante, y su exposición fue realmente ilustrativa. En este país pretendemos que la responsabilidad de la educación caiga exclusivamente sobre la escuela, mientras que en otros países como Finlandia los padres tienen la convicción de que son ellos los primeros responsables de la educación de sus hijos. Insistía en su exposición, afirmando que los tres pilares que deben sustentar la educación son: la familia, la escuela y los recursos socioculturales. En definitiva, se llegó a la conclusión de que la educación falla porque fallan la familia y la sociedad. 

El señor Calzado puso como ejemplo a las familias finlandesas, que en su mayoría acuden a las bibliotecas los fines de semana, hecho que ni de casualidad ocurre en nuestro país. Y luego afirmó lo que es una verdad como un templo y una triste realidad: ¡En este país no lee ni Dios! ¡Es increíble la de jóvenes y no tan jóvenes que ni siquiera tienen el carné de la Biblioteca Pública!

 ¡Cómo me gustaba y enamoraba Hayley Mills!

¿Pueden creerse que cualquier joven de la ESO no conoce por ejemplo los nombres de los planetas de nuestro sistema solar? Aquellos que nos aprendíamos en la escuela de carrerilla, como las preposiciones, que tampoco se las saben. Claro que nuestros padres siempre nos echaban en cara que nosotros no nos sabíamos la lista de los reyes godos ni la de los ríos y afluentes de España. 

Se me ocurre pensar que si la generación de nuestros padres nos considera analfabetos y nosotros igual a la de nuestros hijos ¿Qué podemos esperar de nuestros nietos? A lo mejor la televisión también tiene buena parte de la culpa. Cuando yo era pequeño todos los niños sabíamos por ejemplo cual era la Quinta Sinfonía de Beethoven, pues seguramente la habríamos escuchado en ‘El Planeta Imaginario’ o en la película ‘Tú a Boston y yo a California’ de aquella preciosa Hayley Mills que me tenía enamorado. 

Ahora sin embargo todos los niños saben que ‘la Esteban’ es de San Blas y que ‘la Venenito’ se está separando del marido y que lo único que importa de la música es la voz, y que si haces ‘edredoning’ en Gran Hermano te aseguras un posado en Interviú enseñando el felpudo (no equivocar con el felpudo maldito que me robaron hace dos semanas). 

El Planeta Imaginario. Gran programa, a pesar de no estar en la lista de Planetas de nuestro Sistema Solar.

 La Escuela no lo es todo. Los maestros no pueden sustentar toda la responsabilidad de nuestros hijos. Estamos de acuerdo en que esta sociedad y los tiempos que vivimos nos hacen llevar un ritmo de vida agotador. Pero deben inmiscuirse en la educación de sus hijos más allá de apuntarlos a miles de horas extraescolares por no poder atenderlos. Deben fomentarles la lectura, el deporte, la música, el buen cine, y por supuesto una televisión donde se vea algo más que las tetas de María Lapiedra. 

 Jamás, repito, jamás les priven a los niños de asistir a jugar al fútbol o al baloncesto en el equipo del colegio, o de ir al conservatorio o a las clases de guitarra o pintura si ven que descuidan los estudios. La música y el deporte ha sido para mi formación muchísimo más importante que muchas clases de la universidad. Es necesario hacerles comprender que todo es importante para formarse como buenas personas. 

El Gobierno ya se ha encargado de hacer recortes en la educación, no abaraten ustedes más el futuro de sus hijos. Un país en donde falla la educación está condenado inexorablemente al fracaso. Sé que parece muy fácil pero soy consciente de que es muy duro, pero sus hijos merecen el esfuerzo, el desafío. 

Y no es necesario desplazarse a Marte como en ‘Desafío total’. Seguro que empiezan a sentirse culpables y les recorre la desagradable sensación de que les he chafado el día, con lo tranquilos que estaban, y en su cabeza se imaginan a sí mismos, emulando a Douglas Quaid mientras me miran a los ojos como si yo fuera el malvado Cohaaghen, diciéndome aquello de: «Enhorabuena Falcó, eres el mejor jode-mentes que conozco». 


Publicado en Diario HOY el 16/12/2012 


miércoles, 14 de mayo de 2014

El bálsamo es un bicho

Enrique Falcó. Siempre entretenido

Mandy Cohen, la madre de Brian, insiste en que "el bálsamo" es un bicho.
Mandy Cohen, la madre de Brian, insiste en que "El bálsamo es un bicho"

Se habla y se escribe, y mucho, sobre Mario Draghi últimamente. Algo que me desconcierta profundamente, ya que apenas sabía muy bien quien era este señor hasta que el pasado viernes titulares del estilo “El bálsamo de Draghi” restaban protagonismo a la inminente ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Disculpen mi ignorancia, pero ya saben que aunque esta es atrevida y peligrosa no es algo imperecedero en el Universo, pues puede corregirse con el tiempo, y nunca es tarde para indagar por los por otra parte aburridísimos senderos de la política económica.

Los caminos del Señor son inescrutables, y por lo visto, los del señor Draghi también. Parece ser que tan magnánimo personaje es nada menos que el presidente del Banco Central Europeo, y ha sido soltar una perla por su boquita de piñón para que la terrible situación económica se relaje como un bebé al que se le ha pasado el berrinche tras mamar de la ubre materna.

La Prima de Riesgo, ya saben, la amiga de la niña de Rajoy, experimentó un importante descenso tras las declaraciones de don Mario en favor del Euro, asegurando éste que haría cuanto estuviese en su mano para preservar la moneda única. No comprendo cómo un puñado de palabras (ya saben que las palabras se las lleva el viento) pueden conseguir tal efectividad.

Le entran ganas a uno de pedirle al señor Draghi que continúe dándole a la húmeda sin descanso, ya que ésta parece tener las propiedades curativas del legendario Bálsamo de Fierabrás. Ya saben, aquella pócima milagrosa con capacidad para sanar que Don Quijote transmitía a su escudero de esta guisa: “Todo esto fuera bien excusado si a mi se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con una sola gota se ahorraran tiempo y medicinas“.

El problema es que aquel “Extremado licor” como lo denominaba Sancho Panza, más que panacea resultó ser un placebo como cualquier otro. Bueno, como cualquier otro no, ya que al beberlo los vómitos y espasmos se sucedían tan terribles que una vez pasado el mal trago uno se sentía más curado y sano que nunca. No sé si aciertan por donde van los tiros. 

El gran Mortadelo también es conocedor de las propiedades del bálsamo de Fierabrás
El gran Mortadelo también es conocedor de las propiedades del bálsamo de Fierabrás
Al menda la palabra bálsamo siempre le ha hecho mucha gracia. La culpa seguramente es una vez más de los irrepetibles Monty Phyton y de la mejor película de todos los tiempos, “La Vida de Brian”.

Al comienzo de ésta, una escena celestial muy próxima a la apertura del clásico “Ben Hur“, los Reyes Magos se aproximan al portal de un establo para adorar al rey de los judíos, y al equivocarse de pesebre, Sus Majestades mantienen una desternillante conversación con la señora Cohen, la madre de Brian, quien tras escuchar que los astrólogos portan oro, incienso y mirra relaja su celo y les permite postrarse ante su hijo, Brian Cohen, un pobre bebé recién nacido, hijo de un centurión romano, Traviesus Máximus, quien violó (sólo al principio) a su promiscua y feminista madre, y que descansa ajeno a todo a muy pocos metros del niño Jesús.

Sin embargo, aquello de la mirra intriga bastante a la señora Cohen. A diferencia del oro y el incienso no es conocedora de su forma ni de sus propiedades, por lo que pregunta intrigada: “¿Y eso de mirra qué es?”. Tras la respuesta de: “Es un bálsamo muy valioso” la madre de Brian reacciona como una loca posea presa del pánico, pensando que el bálsamo es un animal peligroso que va a morder a su hijo. “El bálsamo es un bicho… ¿o será que lo he soñado?“- profetiza la señora Cohen.

Es una lástima que Graham Chapman ya no esté con nosotros, si no bien que los geniales Monty Phython podrían haber interpretado de nuevo algunas de estas escenas en la maravillosa ceremonia inaugural del pasado viernes.

El vanidoso McCartney cerró la espectacular ceremonia de inauguración de Londres 2012
El vanidoso McCartney cerró la espectacular ceremonia de inauguración de Londres 2012.
No sé a ustedes, pero a mí personalmente me encantó. Sobre todo por el protagonismo de la música y de la literatura. Desde la bucólica escena de la campiña inglesa desaparecieron los recuerdos del bálsamo de Draghi y tras asistir a la Revolución Industrial todos volvimos a soñar con derrotar al capitán Garfio o al temible Voldemort, (ayudados por Mary Poppins) y nos dimos cuenta de lo importante que ha sido la música británica en nuestra vida.

El propio director de la ceremonia, Danny Boyle, reflexionaba sobre ello el pasado viernes: “En un país tan pequeño es increíble la cantidad de música que fuimos capaces de producir“. El vanidoso McCartney, tras la espectacular encendida del pebetero, nos indicaba que llegaba el fin, con el tema “The End” cuando en realidad todo acababa de empezar. Eché de menos a Ringo en la batería del himno universal “Hey Jude“, y llegué a soñar despierto imaginando qué hubiera podido ocurrir si siguieran vivos la otra mitad de los cuatro de Liverpool, pero no siempre la magia olímpica entiende de según qué sentimentalismos.

Tecnología, buena música, literatura y sentido del humor. He aquí el verdadero bálsamo con el que paliar los terribles tiempos que nos está tocando vivir. Por lo visto en mi ciudad, Badajoz (aunque la plataforma se extiende poco a poco a toda la región), hay mucho aburrido últimamente. Quien suscribe se pregunta cómo es posible que el personal se aburra cuando una Olimpiada es inminente. Y si no les gusta el deporte les recuerdo que lo mejor de las olimpiadas casi siempre son Mortadelo y Filemón, y ya saben lo que opina el genio de los disfraces del tema de la Olimpiada: “O limpiada con bayeta, o limpiada con estropajo, relucirá su cazuela, con detergente cascajo”.

Más vale disfrutar con los Juegos Olímpicos que lamentarse por la subida del IVA. Más escuchar a los Beatles y menos sufrir con las declaraciones de nuestros políticos. Les recomiendo a los más optimistas que no alberguen muchas esperanzas en lo referente a la mejora de los mercados, pues el bálsamo de Draghi, al igual que el Fierabrás, romperá en el peor de los efectos placebo.

Dejen ya de aburrirse y véanse de una vez “La Vida de Brian”, así sabrán que la mirra es un ungüento, un bálsamo muy valioso, y que el bálsamo es un bicho. ¿O será que lo he soñado?

Publicado en Diario HOY el 29/07/2012


martes, 13 de mayo de 2014

Coches viejos

Enrique Falcó. Conductor nostálgico

¿Quien no querria tener un coche como este?
¿Quien no querria tener un coche como este?

De entrada que quede claro que no soy un apasionado de los coches. Es decir, que algún modelo espectacular puede llamarme la atención, de la misma manera que un bonito cuadro, un bello paraje o una preciosa sonrisa.

Pero no estoy al tanto de las nuevas gamas, ni de las prestaciones, ni siquiera de las marcas. Es un tema que nunca me ha interesado especialmente y siempre me ha aburrido una barbaridad. No obstante me llama poderosísimamente la atención la importancia tan grande que mucha gente, de todas las edades, presta a los coches, y especialmente a los de los demás.

Siempre he visto en ese comportamiento una manifiesta declaración de inferioridad, grandes dosis de envidia y algo de pensamiento cateto, para qué nos vamos a engañar. Existen quienes no te conocen de nada, no saben tu nombre ni tu edad, ni siquiera a qué te dedicas o si eres buena o mala persona, pero te miran por el barrio con cierto respeto porque conduces un Audi o un BMW.

Y al contrario, los hay que a pesar de tener que sustentarse con sopas de sobre, y practicar la morosidad y la ignorancia más despreciable, miran por encima del hombro a los honrados ciudadanos por ostentar el innegable status que supone conducir un turismo tan descomunal.

Nunca entenderé tal afición y tan reprobable comportamiento. Jamás he comprendido a los que trabajan para pagar un coche, sino al que adquiere un vehículo para ir a trabajar, y de paso para poder obtener cierta autonomía que le permita desplazarse con independencia o viajar con sus familiares, parejas o amigos.

La verdad es que hace cierta ilusión estrenar un coche, no lo niego, quizás porque este se convierte en un habitáculo sagrado que te acompaña al trabajo, de vacaciones, y por qué no, quizás sea testigo de momentos íntimos o entrañables que no se olvidan fácilmente.

Nunca se me olvidará hace siete años cuando me compré mi Citroën Xsara Picasso. No me pregunten por qué, pero quería ese coche. No tenía ni idea de los caballos que tenía, ni los cilindros, ni nada de nada, entre otras cosas porque no sé para qué valen, pero me encantaba cuando lo veía en la tele. Y además era muy grande, con lo que el problema de mi inmensidad y altura quedaba solucionado. El maletero era descomunal y encima se convertía en furgoneta.

Siempre deseé tener un coche tan grande para poder transportar mi batería de garito en garito. Ya les cuento. Fue muy especial. Mi primer coche, comprado con el sudor de mi frente y estrenado por mi menda. Pero no olvido mis otros primeros coches, en donde aprendí de verdad a conducir y a circular, aquellos heredados de mi padre, que cada año que transcurre se me antojan más entrañables.

Es muy entrañable heredar el viejo coche de tu padre
Es muy entrañable heredar el viejo coche de tu padre.

Recuerdo con especial cariño el primero de ellos, un Seat 131 Diplomatic, que tendría la friolera de casi 20 años. Aun así con las prestaciones más actuales. Disponía incluso de cinturón de seguridad en los asientos traseros, algo que no era muy habitual en los coches más antiguos, e incluso aire acondicionado, dirección asistida y elevalunas eléctricos.

Tenía una potencia formidable, algo peligroso para un novato, pero lo peor sin duda era que poseía el ralentí más bajo de la historia y no había forma humana de subirlo.

 La primera vez que lo utilicé, con mi hermano pequeño como conejillo de indias, se me calaba cada vez que paraba o intentaba cambiar de marcha. ¡Acostumbrado a aquellos coches de autoescuela que no se calan ni a la de tres! Si ese día no tuve ningún accidente significa que pasé la prueba, y así el ‘Falcomóvil’ o ‘Diplodocus’ como lo llamaban mis amigos, se convirtió en compañero inseparable en excursiones, botellones y conciertos.

No utilizaba gasolina. Literalmente la tragaba. Recuerdo un viaje a los Estudios Jammin de Mérida ida y vuelta a Badajoz. Dos mil pelas de la época (año 98) que ya eran litros, y al volver ya se me estaba encendiendo la reserva.

Después heredé un viejo Passat, otro cochazo increíble y enorme, pero con la particularidad de que carecía de aire acondicionado y de dirección asistida. Cuando llevaba a un compañero al trabajo, este debía de ayudarme a mover el volante para maniobrar. Después, a lo mejor en pleno agosto, muerto de calor, me preguntaba: «¿Tiene aire acondicionado?» Y yo respondía irónico: «Sí, sí, acondicionado… a condición de que bajes la ventanilla».

Guardo muy buenos recuerdos del "Diplomatic" con el que aprendí a conducir.
Guardo muy buenos recuerdos del "Diplomatic" con el que aprendí a conducir.

Desde que vivo en un nuevo barrio periférico en mi ciudad, mi novia y yo nos vimos en la necesidad de disponer de otro vehículo para asegurar nuestra movilidad, por lo que heredé hace más de un año el viejo coche de mi tío Juan Carlos, heredado y maqueado a su vez por mi hermano, y que ahora suele pasear quien suscribe con la cabeza muy alta por su ciudad.

Aunque la carcasa exterior es horrible, y hay quien no me mirará con buenos ojos, yo le profeso el más especial de los cariños, pues hace mi vida más práctica, cómoda y feliz, y precisamente de eso se trata.

Es curioso, pero en mi bloque de reciente construcción, cada vecino dispone de una plaza de garaje, aunque casi todos disponemos de dos autos. Casi todos los coches más nuevos duermen bien guarnecidos en el subsuelo, mientras la calle de atrás es una exposición de coches viejos, antiguos y casi destartalados.

Lo normal, como venía ocurriendo hasta ahora, sería que poco a poco los viejos turismos desvencijados dieran paso en la calle a los del garaje, que a su vez irían dando paso a los de nueva adquisición. Pero me da en la nariz que quizás este ciclo cronológico va a sufrir una pausa importante en pos de mejores tiempos, y las calles de nuestras ciudades se convertiran en un marco de coches viejos, otrora olvidados, y que ahora son, cuando hay problemas, los que nos sacan las castañas del fuego.

No repudien ni desprecien estos coches, ni los envíen con un billete de ida al cadalso de cualquier desguace a las primeras de cambio. Es época de coches viejos, de coches que sabrán disculpar a sus dueños el antiguo desprecio y la falta de atenciones.

De coches viejos, cuyas almas nunca olvidarán que hubo un día en el que fueron el orgullo y la ilusión de sus entonces soñadores dueños.

Publicado en Diario HOY el 13/05/2012
 

jueves, 10 de abril de 2014

Esperanzas y canastas rotas

Drazen Petrovic y Fernando Martín. ¿Quien no querría emularlos?


Mi generación, la de los que ahora tenemos treinta y tantos años, se crió en la calle, en una época en la que la imaginación y el lema: «solo no puedes, con amigos sí» sustituía y superaba con creces cualquier ñoñería electromagnética de las posteriores, quienes seguramente cuentan con más amigos virtuales que los de carne y hueso de toda la vida.


Mi domicilio familiar, sito en la Avenida de Fernando Calzadilla de la capital pacense, que entonces no era más que una prolongación de la carretera de Valverde, contaba con la inmejorable ventaja de una calle trasera, ‘Manuel García Matos’, sin salida, prácticamente vacía, y a la que los niños del barrio y alrededores teníamos la sana costumbre de acudir casi a diario a participar en los más inverosímiles juegos, aquellos que nos procuraron una infancia bastante más amena y agradable que la de muchos niños de papá de los de ahora, criados a la sombra de Internet y de las nuevas tecnologías.


En aquella época, en la que por culpa de aquella selección nacional de la plata del 84, y un tal Drazen Petrovic, junto con los Bird, ‘Magic’ y Jordan, el baloncesto era casi más importante que el fútbol, los niños del barrio no podíamos dar la espalda al sueño que suponía convertirse en el nuevo Epi, Fernando Martín, o aquellos jóvenes tan increíbles del Juventud de Badalona, Jordi Villacampa y Rafa Jofresa.


A falta de aros, una mancha en forma de rectángulo sobre la vieja pared, que lindaba con la ya entonces abandonada cárcel de Badajoz (hoy Museo MEIAC) y una placa de vado permanente situada encima del garaje de en frente, sustituían a las flamantes canastas con sus aros y tableros que sólo podíamos disfrutar en las horas lectivas.


Las reglas eran claras e irrebatibles. Conque solo una parte del balón tocara la mancha o parte de la placa, los dos puntos volaban hacia tu marcador, y el menda siempre ha tenido mucha puntería, ustedes ya me entienden. Muchos se preguntaban, en mi época en el equipo de baloncesto del General Navarro, cómo era posible que aquel base fuera capaz de marcar triples a tabla con tanta facilidad como el famoso internacional puertoriqueño ‘Piculín’ Ortiz. Supongo que es un ejemplo parecido, aunque salvando las grandes distancias, al de la ‘Bomba’ Navarro, quien se crió, al contrario que los niños de mi barrio, bombeando balones hacia un aro sin tablero.



Nos divertíamos jugando a nuestra manera, nos hacía sentir especiales, orgullosos de nuestra imaginación y destreza, pero aun así hubiéramos ardido con gusto durante un tiempo prudencial en las calderas del mismísimo Infierno por poder contar con un par de canastas de las de verdad, de aquellas que hacían ese ruido tan característico al pasar el balón por el aro y aterrizar en la red, que te ponía la carne de gallina y te llenaba de un gozo casi orgásmico incapaz de definir.


Nunca llegaron las deseadas canastas, y mira que lo intentamos de la única manera que sabíamos, suplicando a nuestros padres, para que estos a su vez presionaran al Ayuntamiento, para que nos pusieran aunque solo fuera un aro pegado a la pared de la vieja cárcel. El padre de alguno era un médico importante, el de otro era trabajador de la Junta, mi propio padre era el jefe del Gabinete de prensa del Ayuntamiento en la época de Manuel Rojas. Me consta que muchos lo intentaron, pero no hubo tu tía, y eso que hubieran conseguido hacer felices a centenares de niños de la ciudad.


Años después, treinta y cinco abriles y algunos kilos de más, me encuentro con la sorpresa de una pista multifunción construida, sin que nadie lo pidiera, en la misma puerta de mi casa, con sus dos canastas y porterías de fútbol, en un barrio, Cuartón Cortijo, de reciente construcción, en la que la mayoría de vecinos somos jóvenes parejas, algunas de las que valientemente van trayendo poco a poco a nuevos pacenses al mundo.


Ya me veía embelesado, imaginándome tan feliz y dichoso, presenciando los primeros pasos de los niños del barrio, de mi propio hijo si algún día me decido a traerlo al mundo, convertirse en el nuevo Calderón, o al menos entablando lazos de amistad, divirtiéndose con sus amigos, aprendiendo y formándose a través de los nobles y necesarios valores del deporte.



Lamentablemente, en menos de dos meses, algunos indeseables ya han destrozado los aros. Si al menos hubiera sido en un momento de gran inspiración deportiva, protagonizando el salto y posterior mate de su vida, hubiera tenido alguna justificación. Pero seamos realistas, como dice un amigo, la naturaleza vandálica del pacense es digna de estudio.



Me embarga una horrible sensación de asco y tristeza. De frustración y fatalismo. Sigamos gastando dinero inútilmente aspirando a ser Capital Europea de la Juventud, mientras recortamos en educación, y no obtendremos más que sueños, columpios y canastas rotas, adornadas de propina por colillas de tabaco de liar y alguna botella de whisky, que para colmo de desgracia ni siquiera será de Loch Lomond.

Publicado en Diario HOY el 10/04/2014