Don de Loch Lomond

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sábado, 29 de marzo de 2014

Las tres y ¡punto!


Es muy posible que ahora mismo, en esta mañana de domingo, mientras usted, desocupado lector (que diría el gran Miguel de Cervantes en el prólogo de la obra más grande y universal) lee y disfruta mi artículo, mi madre esté telefoneando a mi casa para despertarme de esta guisa: «Kike hijo, te llamo para decirte que son las 12 que deberían ser las 11». 

Evidentemente se trata de una broma que nos venimos gastando mi madre y yo hace siglos, pero como toda broma tiene un origen tan cierto como tronchante. 

Mi madre siempre ha sido muy pesadita con el cambio de hora. El último domingo de octubre siempre se pasaba el día con la misma canción «pues son ya las 5. que deberían ser las 6», soltaba como quien no quiere la cosa. «Pues no mamá», contestaba yo algo molesto, «¡son las 5 y punto! Ni hora nueva ni vieja; se cambia la hora y ya está. No hay que darle mas vueltas». Razonaba mi menda a sabiendas de que no sería suficiente. «Si ahora son las 5, pues son las 5 y se acabó», «que deberían ser las 6», apuntillaba mi madre con malicia a sabiendas de que este tema me sacaba de quicio. Así se pasaba meses, hasta que el último domingo de marzo empezaba de nuevo con la cantinela: «Ay que ver hijo, son ya las 9., que deberían ser las 8».

Mi padre tampoco es muy amigo del cambio de hora y por estas fechas siempre tenemos la misma discusión. «Ya estamos con la tontería esa del cambio de hora de las narices», se queja molesto. «Pero papá, parece mentira con lo culto que tú eres que hables así. ¡Existen estudios que demuestran que el ahorro energético es de unos 100 millones de euros!» «Bah», exclama mi padre. «A mí esto del cambio de hora siempre me ha parecido una frivolité (con 'g', como diría Rodríguez Lara) como la copa de un pino». Todo queda dicho, para mayor gloria de la expresión y la literatura, y yo me quedo con una cara de tonto pensando ser la única persona normal del planeta.
 

Mi tío Juan Carlos, que es muy novelero y que tampoco le hace mucha gracia que le cambien la hora, me viene siempre con el mismo cuento de las gallinas. «Pues una hora menos se nota ¿eh? Que las gallinas los días que se cambia la hora no ponen huevos». Y me lo dice así, cual tesis doctoral, como si me estuviera explicando la teoría de la relatividad. «De acuerdo Juan Carlos, pero ni tú ni yo somos gallinas, y a día de hoy no se conoce estudio alguno que demuestre nuestro impedimento para poner huevos, se cambie o no la hora, por lo tanto no me fastidies con lo de las gallinas otra vez».

Yo no sé si será este un tema tan a apasionante como para que alguien lo investigue, pero a mí me parece que no hay que darle más vueltas a una cosa tan simple como es adelantar o atrasar la hora para ahorrar energía y para permitirnos disfrutar más horas de luz solar. De la misma manera que les cuento que hay estudios que demuestran el indudable ahorro energético que nos produce este cambio, hay cientos de estudios que vienen a revelarnos cosas tan absurdas como que el cambio de hora incrementa el número de infartos, crea más estrés, trastornos en la alimentación, estreñimientos, problemas del sueño. 

No sé, será que mi novia y yo somos muy simples, pero lo único bueno que le vemos al cambio de hora es que cuando se hace en invierno, esa madrugada de sábado a domingo podemos dormir una horita más y nos encanta, y en verano que los días son más largos y disfrutamos de más luz. Qué ganas tiene la gente siempre de ver problemas donde no los hay.
 
Ya les contaba anteriormente que somos prisioneros del tiempo. Pero voy a confesarles otra gran verdad. El tiempo no existe. Nos lo hemos inventado nosotros, los seres humanos, para organizarnos y punto, y el hecho de modificarlo dos veces al año para ahorrar energía no debería cuanto menos crearnos tantos problemas. Todo esto viene por las tonterías a las que los estudiosos se dedican ahora. Antes, cuando no había tanto estudio inútil, la gente cambiaba la hora y el hecho no dejaba de ser una mera anécdota, ahora con las chorradas que se inventan y el desproporcionado hipocondriaquismo existente entre las masas no dejamos de pensar en cuantas desgracias pueden asolarnos por la estupidez del cambio de hora.
 
Pues no se preocupen. Tómense una pastillita para los gases, otra para el sueño y no se muevan mucho, no vayan a sufrir un infarto, pero por Dios, se los ruego, si por cualquier motivo hoy no son capaces de poner un huevo no acaparen los servicios de urgencia, que están para las cosas serias. ¡Y para las personas normales! ¡A ver si nos vamos enterando!

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Enrique Falcó en Minutos de Gloria (El Sol sale por el Oeste)


Ha sido un gustazo volver a los estudios de "Canal Extremadura Radio" en Badajoz para participar en el espacio "Minutos de Gloria", que presenta y dirige mi amiga Gloria Durán dentro del Programa "El sol sale por el Oeste", con el que tanto he colaborado en anteriores ocasiones.

La entrevista ha sido muy amena y ha resultado divertida y especialmente agradable. 

Además de conocer por fin en persona a Gloria Durán he vuelto a saludar a Ana Gragera a través de las ondas y también he podido pasar unos minutos con alguien con quien siempre me obligo a mantener una agradable charla cada vez que acudo por estos estudios, el gran José María Da Silva.
Gloria Durán y Enrique Falcó en "Minutos de Gloria"

En la entrevista hemos hablado de mi pasión por la escritura, por Tintín y de mi intervención en la Mesa Redonda "Literatura y Prensa" de hace algunos días en la Biblioteca de Extremadura.

Dejo a vuestra disposición el audio del programa, la entrevista comprende desde el minuto 26 al 41 más o menos.

Desde las lineas de este humilde blog mi agradecimiento y saludo a Gloria Durán, el equipo de "El Sol sale por el Oeste" y a "Canal Extremadura Radio", donde me demuestran constantemente que soy más que bienvenido.

Minutos de Gloria (18/12/2013) entrevista a Enrique Falcó. desde el minuto 26 al 41.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Gordos


¡Arranca, frena y claxon... claxon, claxon, golpe!

Lamentablemente, a pesar de que toda la vida has practicado deporte, los años van pasando, y cuando los kilos de más te han ganado la batalla diaria y te abandonas a los brazos de la gula (que junto a la lujuria y la pereza está entre los mejores pecados capitales) más de lo que debieras, todo el mundo se cree con derecho a decirte a la cara lo gordísimo que estás

“¡Qué a ver que haces hombre!”, “¡Qué tienes que cuidarte!”, “¡Qué a ver si te va a dar algo... qué eres muy joven todavía!”. “Fíjate yo, a tu edad pesaba 60 kilos”. 

Y digamos que a su seguro servidor, quien suscribe, que está gordo y orondo como el muñeco de Michelín y al que hace siglos que la talla XXXL se le quedó corta… de equis y de eles, le entran ganas de ciscarse en los muertos de los susodichos graciosetes, graciosetes que, por cierto, además de no tener ni puñetera gracia, suelen padecer defectos físicos o psíquicos por los que a nadie se les ocurre practicar mofa o befa. 


Por una parte uno sabe que no deja de haber cierto cariño y preocupación, y más si la regañina viene de familiares, compañeros o amigos, pero a uno le entran ganas de responder: “¡A ver si cuidamos ese aliento!” o “¡Ay que fastidiarse lo calvo que te estás quedando!” “¡Menuda paella de granos tienes en la cara!” “¡Veo que sigues con el mismo tic en el ojo!” “Por cierto aún no te has corregido la tartaja ¿no?” y demás lindezas.

No sé como explicarles, es como si todo el mundo se creyera con derecho a opinar de mi cuerpo y mi vida, y humildemente, teniendo ojos en la cara no necesito que me atosiguen cada dos por tres para decirme que los kilos de más son nefastos tanto para mi físico como para mi salud.

Mi madre no para de repetirme -“¡Ay que ver hijo, con lo guapo que tú eras antes, y lo delgadito que estabas!” -¿Entonces qué pasa? ¿Que ya no soy guapo? ¿Es que el exceso de peso lo convierte a uno automáticamente en un cayo malayo? 

Modestamente puedo llegar a reconocer que estoy bastante más gordo de lo que debería, pero jamás aceptaré el hecho de que porque haya engordado me haya vuelto feo de repente. Qué quieren que les diga, me gustaría que vieran ustedes a un montón de conocidos míos que están súper delgados y son mil veces más feos que pegarle a un padre, algunos son de exposición.


Para colmo te encuentras con estudios y encuestas absurdas, donde se acusa a los obesos, entre otras cosas, del aumento del absentismo laboral o el alto coste que conlleva sus tratamientos a la Seguridad Social

Déjenme que les diga, que en mi actual empresa, a la que presto mis servicios hace ya cinco años, sólo he tenido que faltar a trabajar tres miserables días, y porque me dio un ataque de lumbago haciendo la mudanza de un apartamento a una casa más decente donde cupieran mis trastos, el mismo lumbago que me daba a los 14 años cuando era un gran deportista que practicaba fútbol, baloncesto y salto de longitud, y que pesaba sólo 60 kilos. 

Tendrían que ver la cantidad de trabajadores que, flaquísimos todos, ellos y ellas, se ausentan de sus obligaciones laborales con bajas por gastroenteritis, gripes, esguinces, problemas musculares, fiebres, mareos etc. Y respecto a la Seguridad Social, mi médico puede dar buena cuenta de que si alguna vez me ha recetado algo en treinta años ha sido una aspirina, o una crema para aliviar los roces de las piernas (como estoy tan gordo me rozan los muslos) la última por cierto con un coste de 90 céntimos.

Hace unos años, un profesional del mundo del fitness se atrevió a afear mi físico, a vocearme en público y a insistir en que iba a llevarme a un gimnasio a ver si adelgazaba a base de sudar y sudar. Yo, que aunque gordo siempre he sido un cachondo mental, le contesté “ufff... señor lo siento, pero es que a mí sudar tanto me parece una ordinariez, y además me da muchísimo asco”. La carcajada general de la concurrencia le quitó las ganas de abroncar a un tío hecho y derecho, de casi treinta años de un metro ochenta y dos y ciento treinta kilos de peso. ¡No va uno a callarse siempre!

Yo no estoy gordo... es que me caí en la marmita de poción mágica cuando era chiquinino

No sé, hay veces que pienso que algunos flacos, con culos duros, torsos perfectos y cuerpos de escándalo, y que no son nada felices, se empeñan en hacernos ver que deberíamos sentirnos desgraciados por estar como nos place y creo que deberían preocuparse por encontrar su felicidad sin la necesidad del regocijo en lo que ellos consideran una desgracia.

 Y vuelvo a insistir: que uno esté gordo no significa que esté ciego o tonto, y sabemos que nos conviene perder algo de peso, que va a ser mejor para nosotros, para nuestra salud, para nuestra comodidad, pero por favor se los ruego, sin prisas, poco a poco, sin agobios, que no todo el mundo tiene la autoestima tan sobrada como quien suscribe, que a mucha gente (sobre todo a los jóvenes) este tema puede afectarles mucho y no hace falta que toquemos desagradables temas como la anorexia, bulimia y demás desórdenes alimentarios.

A principios de año intentaré adelgazar. Espero que mis queridos graciosetes me animen tanto como ahora me machacan. Ya les contaré lo contentas que se pondrán mi madre, mis hermanas y sobre todo mi novia.


Esa es otra. Como soy un puñetero gordo, cada vez que me ven con mi novia de toda la vida, tan guapa ella y tan delgada, no dejan de preguntarme cómo es posible que tenga una novia así. ¡No te fastidia! ¡Ahora resulta que por estar gordo tengo que emparejarme necesariamente con una fea y gorda

Una cosa es estar gordo y otra ciego o tonto. Lo que en realidad fastidia a los flacos, es que la novia del gordo esté como un bombón.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

El Chip Prodigioso

Enrique Falcó. Bloguero

El Chip Prodigioso. La inolvidable película de Joe Dante


     La palabra "chip" es un sustantivo que define a un circuito integrado, montado sobre una placa de silicio, que realiza funciones varias en los ordenadores y dispositivos electrónicos

Popularmente todos tenemos un chip, microscópico, casi invisible, alojado en alguna parte de nuestra sesera, que de alguna u otra manera tratamos de cambiar cuando las cosas no van todo bien que esperábamos. Así mismo podríamos afirmar que es ese hipotético chip el responsable de nuestro comportamiento, de nuestra forma de pensar y actuar, y uno se pregunta donde estará el libro de instrucciones para "resetear" según en que ocasión convenga.

Aunque qué quieren que les diga, odio los libros de instrucciones, me ponen nervioso con tantos idiomas diferentes y aquellos jeroglíficos casi intraducibles, convirtiendo lo fácil y sencillo en imposible y exasperante. El menda es más partidario de hacerse a ello con el tiempo, "enreando" que se dice, probando esto ahora, luego lo otro. Así he aprendido poco a poco a usar el lavavajillas y el horno (aunque no todas sus funciones) a manejarme con mi Blackberry, y durante toda mi vida a navegar por la Red.

¡Lavadora humana!

Aunque todo hay que decirlo, mi método no siempre asegura cierto éxito. Recuerdo que pocos días después de emanciparme llegué a la conclusión de que una lavadora no podía ser más lista que yo, y así procedí a mi primera y última colada

Mi novia, no sé cómo, consiguió una orden judicial que me prohíbe estar a menos de un metro de ella (de la lavadora, no de mi novia) y me comunicó que ella afrontaría el esfuerzo extra tildándome a mí a realizar tareas más a tono con mi carácter (creo que me dijo algo de tirar de un carro... sería del de la compra).

Les cuento todo esto del chip porque desde hoy trato de cambiarlo, ya que a partir de mañana dejo de ser alumno para convertirme en tutor.

Ya va para dos años y medio el día que Ángel Ortizdirector de HOY, me pidió que creara un blog para la plataforma digital de hoy.es. "Desde él podrás escribir siempre que quieras y de lo que tu quieras para los lectores de HOY".

Es innegable que aquel encargo fue un acierto y que el director me abrió la puerta de un futuro fascinante. El insignificante problema es que quien suscribe apenas sabía qué era eso de un blog, y prácticamente nada sobre su edición y formato.

Tuve que cambiar el chip, aquello no era lo mismo que escribir un artículo. Así que, poco a poco, con valentía casi suicida y sin libro de instrucciones, "enreando", aprendí y aprendo cada día a desenvolverme con soltura por el fascinante mundo bloguero. Y ahora, que voy a impartir un taller de blog literario dentro del programa "Intergeneracionarte" es mi turno para ayudar a jóvenes y mayores a reconducir su chip, a mostrarles que cualquiera que tenga ganas de decirle al mundo cuatro cosas puede hacerlo, y que se puede llegar a ser relevante con un poco de esfuerzo, motivación y cosas que contar.

Ese inexistente pero teórico chip general que compartimos los españoles también debería ser susceptible de formateo.

Más bien sustituido por uno más acorde a los tiempos que corren. En este país, donde nos ha pillado el toro a base de tropezar en cada suelta de vaquillas sin aprender nada, se vive, se actúa y se piensa casi como en los años sesenta.

Parece que no hemos aprendido nada.... nada más que a gastar lo que no tenemos, que eso siempre se nos ha dado muy bien, como la pillería o la famosa picaresca que tan famosos nos ha hecho por los confines del mundo (mundial).

Bender también ha cambiado el chip,
y si no que se lo digan a su brillante culo metálico



Por ejemplo, desde que dejamos de ser un Estado confesional se lleva mucho aquello de: "Yo soy creyente, pero no practicante"

O sea que pasando de ir a misa vamos, ahora eso sí, al niño se le bautiza y hace la Comunión, y que los festivos religiosos no me los toque ni Dios, y otra vez por Dios Pepa, ni se te ocurra pedir una de panceta que es Viernes Santo, si acaso una de langosta o pulpo a la gallega.

Luego están los que se casan por la Iglesia aunque no han ido a misa en su puñetera vida, pero la novia te suelta la perla aquella de: "Es que si no me caso por la Iglesia es como si no me casara". ¡Chapó! ¡Somos una inaguantable panda de catetos!

En la Administración Pública seguimos con los mismos horarios de toda la vida, a sabiendas que no son suficientes. Hasta hace dos días todos queríamos ser funcionarios para tener un trabajo "para toda la vida" de lunes a viernes de 8 a 3 y descansar festivos y fines de semana, además de el mes de Agosto entero.

¡Esa es otra! Seguimos parando, año tras año, el país en pleno mes Agosto. ¡Parece que no exista otro mes para las vacaciones!  Muchas empresas se empeñan en el horario partido malgastando el tiempo de los trabajadores y desperdiciando horas productivas de trabajo.

¡Por qué hay que detener la actividad de las ciudades a las dos o a las tres de la tarde como si se hubiera declarado el Estado de Sitio! Seguimos con horarios de Ferias, Puentes que se convierten en acueductos. 

Seguimos financiando a Partidos Políticos y Sindicatos con dinero público, poniendo cada vez más trabas a los emprendedores y explotando a los jóvenesSeguimos sin valorar y sin pagar a los artistas consiguiendo que casi ni trabajen gratis. ¡No aprendemos!

¡Se acabó! Hay que cambiar el chip. Renovación completa. Ya está bien de aquello del "si te duele la barriga salta parriba" o del "si no hay lo pintas".

 ¡No a la involución! El que no sea capaz de subirse al tren que se quede en tierra. Claro... que a ver quien es el guapo que diseña y nos inserta el chip. Esa nueva manera de pensar y actuar. Ese chip prodigioso que parece ser el único capaz de reconducirlo todo.

Conmigo ya lo saben… no cuenten para redactar el libro de instrucciones… yo enreando, como siempre. Aprendiendo, reinventándome… cambiando el chip.


Publicado en Diario HOY el 04/11/2012

domingo, 15 de septiembre de 2013

Una Extremeña y un café



Hoy Me he levantado muy temprano. Apenas habré dormido doce o trece horitas, pero es que si no, no soy persona. 

Hoy puede ser una jornada muy importante y todas las horas del día se me antojan insuficientes para la de cosas que me restan por hacer. Desde que tengo uso de razón, siempre que me espera un día importante me meto para el cuerpo serrano una buena catalana con jamón y un tanque de café con leche bien cargado

El caso, es que mientras me disponía a refregar el ajo y el tomate por el pan, me ha dado por pensar en el nombre de la tostada; catalana. La verdad es que no sé por qué la llamamos así, deberíamos llamarla extremeña como está mandado. Ustedes verán. Ingredientes, a saber: Pan, aceite, ajo, tomate y jamón serrano… ¿No son precisamente productos tan extremeños como las encinas y las bellotas?



Recuerdo con cariño una anécdota que se me antoja graciosa. 

En septiembre del 2001, mi amigo y compañero Óscar Vadillo y quien suscribe (o sea los Left Brothers) nos encontrábamos grabando nuestro disco en la ciudad condal. Muy cerca del estudio, en el barrio de Sants, había una pequeña cafetería con toda clase de desayunos. 

“Póngame si es tan amable una catalana y un café” le indiqué amablemente al camarero. Éste me inquirió de muy malas pulgas si le estaba tomando el pelo: “¿Catalana? ¿Qué estamos de guasa?” - me contestó con un cerrado acento catalán- 

Fue en ese momento en el que caí en la cuenta que nos hallábamos en Barcelona, y allí cuando dices “una catalana” es como si dijéramos en Galicia una gallega, ustedes ya me entienden. 

El caso es que el camarero que estaba al lado se acercó y le indicó a su compañero que lo que yo quería era un “pan tumaca” con jamón y un poquito de ajo y aceite. El camarero catalán se puede decir que me miró con asco, como si me estuviera cargando su famoso "pan tumaca”. Mientras, el otro camarero me dirigió una sonrisa y me dijo por lo bajini: “Es que yo soy de Valderde de Leganés”. ¡Acabáramos! Por eso sabía aquel buen paisano lo que mi menda deseaba al decir eso de catalana.


Pues a partir de ahora, les invito a poner de moda la extremeña. Con jamón o sin jamón, media o entera, con café o con cola Cao… pero extremeña, ¡Qué narices! 

Diríjanse al bar de toda la vida y exijan en voz alta y clara, con la cabeza bien alta: ¡A ver, cuando puedas…una extremeña y un café! ¡Estaría bueno!

jueves, 12 de septiembre de 2013

Jesús Prudencio y Cars And Films

Inolvidable furgoneta de "El Equipo A"
Después del impresionante éxito de ventas en todo el mundo, y un merecido parón de necesario descanso veraniego, Jesús Prudencio vuelve con su Cars And Films, en pos de seguir ofreciendo las nuevas series de coches de películas e incluso series que le reclaman.

Como verán, la inolvidable furgoneta de "El Equipo A" es uno de los alicientes de la nueva serie. "Bullitt" también se suma al elenco en esta nueva etapa, en la que el ilustrador pacense interactúa con sus compradores, añadiendo un sentido lúdico a los posters, en donde el comprador no tardará en adivinar la peli o la serie a la que se refiere el coche que protagoniza el cartel.

Bullit

Desde estas líneas no nos queda más que felicitar a Jesús Prudencio por su éxito, y sentirnos orgullosos de que las obras de un ilustrador pacense cuelguen por las paredes de medio mundo.


Aprovechamos también para solicitar, ¿Por qué no? Alguno de los estupendos coches de Las Aventuras de Tintín, (Nobleza obliga) como por ejemplo aquel inconfundible Jeep rojo de los Hernández y Fernández en "Tintín en el País del Oro Negro".


Tampoco estaría de más el coche de Homer Simpson, pero dejemos trabajar a Jesús Prudencio, que seguro que su mente sigue inmersa en nuevas creaciones para contentar a unos seguidores que crecen cada día.

Seguiremos informando de sus novedades. Mientras tanto pásense por su Web y vayan eligiendo sus modelos favoritos. 

sábado, 29 de junio de 2013

MICRORRELATO "Diario de una #Nimileurista"


Miró a los ojos al hombrecillo y musitó, lo siento. Y le dio con la puerta en las narices. ¡Que si podía colaborar para ayudar a la gente! ¿Y quién le ayudaba a ella? Ciscándose aun en la humanidad llegó hasta la cocina y encendió la radio. “Hoy por hoy Extremadura” con Manuel Merino - Queda mucho mejor Lolo merino ¡Este idiota no se entera!

- Voy a preparar Pimientos rellenos, con un par - se sorprendió pensando en voz alta -a ver si encuentro con qué rellenarlos.



Tenía frío, pero ni soñar con encender el radiador – “si tienes frío te arropas con la capa de tu tío” - le decía su abuela de niña. Tampoco quedaban pimientos – “si no hay los pintas”. ¡Maldito refranero! El móvil mostraba un número interminable en la pantalla. Por lo visto aun le debo perras al banco. Menos mal que quedan patatas. ¡La vida puede ser maravillosa Salinas!

Presentado al Certamen de Relatos en Cadena del CELARD. Badajoz. Junio 2013

viernes, 28 de junio de 2013

Horario de Feria


Extremadura sigue de feria. Hace poco la hubo en Cáceres; más recientemente, en Plasencia y Arroyo de San Serván. Ahora, en Badajoz y en Coria, reinos ambos de San Juan.

En agosto estarán de feria Jerez de los Caballeros y Salvaleón y, en septiembre, les tocará el turno a Mérida, una de las mejores; Barcarrota, con su Virgen del Soterraño, y Zafra, con su centenaria Feria Internacional Ganadera. Aunque a todo le llamamos ‘feria’, la auténtica feria es la de Zafra, la FIG, mientras que las demás son fiestas, ya con poca o ninguna feria de ganado y de mercadeo, que ese es el auténtico origen de las ‘ferias’ y no el parque temático de tómbolas, casetas y cacharritos que se adosó a los antiguos rodeos de mulas y ganado menor.


   

Feria es una palabra bonita, aunque haya perdido su significado inicial, o tal vez por eso, precisamente. En mi cabeza, tal palabra siempre connotará ilusión, positividad, alegría, buen rollo por los cuatro costados

Será por aquello de que en mi ciudad, Badajoz, la Feria de San Juan irrumpía en la mejor época del año. Al final de las odiadas clases, a las puertas de un nuevo verano que se nos presentaba como el más largo y próspero de nuestra vida, pues apenas habíamos consumido ni uno solo de sus días. Como si fuera un enorme y rico helado al que aún no le has dado ese primer mordisco.

No me atrae ir al ferial a bailar el ‘chunga chunga’ mientras tomo un baño de sudor. Pero sí me gusta dar una vuelta con mi novia, disfrutar del ambiente y tomarme mi cariñena con barquillos. Siempre se lo vi hacer a mi padre y, cuando me hallo en plena faena, sonrío recordando aquellos geniales versos de ‘La venganza de Don Mendo’: «Serena escúchame Magdalena, porque no fui yo… ¡no fui!, fue el maldito cariñena que se apoderó de mí…». 

También me gusta, como a cualquiera, salir a mediodía con los amigos o familiares a disfrutar del ambiente festivo que se respira en la ciudad, y a ponerme ciego de tapitas y rico caldo de la tierra. Porque las ferias de la ciudad de uno son siempre importantes y necesarias, y todos de una u otra manera debemos participar en su disfrute y alegría.



Por este motivo, muchos ciudadanos gozan de un horario especial en sus obligaciones laborales; horario de feria se llama. Los bancos, algunos comercios, la mayoría de las oficinas y demás suelen recibirlo de buen grado, para alegría de sus trabajadores. Mi menda no deja de preguntarse por qué motivo todos los ciudadanos no tenemos el mismo derecho. Está claro que las naturalezas de cada trabajo son diferentes, y bien distintas. De la misma forma, sus prioridades y necesidades. Hasta ahí estamos, pero de igual forma, estos trabajadores también deberían gozar, si no del mismo, de un horario especial, con una reducción horaria para que pudieran disfrutar de la feria con sus familiares y amigos, como el resto de conciudadanos. No comprendo qué derecho ha de tener un empleado de banca sobre un periodista, un médico o un comercial. Un oficinista sobre un croupier, un policía o un camarero. La discriminación no deja de ser aún más significativa y algo indignante en los grandes grupos de empresas, donde algunos departamentos sí disfrutan del horario de feria mientras otros no pueden beneficiarse de él ni recibir compensación alguna.

No estoy muy seguro, ni tampoco tengo intención de descubrirlo a estas alturas, si esto lo decide la propia dirección de la empresa, o los sindicatos o sus respectivas señoras madres, pero cuanto menos es cabreante.

Recuerdo hace ya algunos años, cuando trabajaba eventualmente como auxiliar administrativo en una pequeña oficina. El horario de los demás trabajadores era de 8.00 a 15.00 horas, pero como yo era aún un joven estudiante y me tenían contratado con una especie de subvención, el mío era de 9.00 a 14.00, y los honorarios bastante más bajos que el de los demás compañeros. ¡Faltaría más! ¡Nobleza obliga! Un día nuestro jefe anunció con gran júbilo que todos nos beneficiaríamos de un horario de feria que sería de 9.00 a 14.00 horas. Dicho de otra manera, mi horario habitual. «¿Y entonces, yo qué?», pregunté algo ‘mosqueadete’. Imaginen la respuesta: ajo y agua.

Por lo tanto, a pesar de que la feria es para todos y que se crea un horario especial para que podamos disfrutarla lo mejor posible, desgraciadamente no todos nos beneficiamos de dicho horario. Ya sé que la semana pasada criticaba esta actitud tan nuestra del culo veo culo quiero, de no comer ni dejar comer, de preocuparnos más porque a otros les quiten sus beneficios en vez de luchar porque los obtengamos también nosotros, pero reconózcanme que entienden y comprenden que cualquier honrado ciudadano que trabaje como el que más y que en su propia empresa sufra tal discriminación, cuanto menos, no pueda evitar vislumbrar que su feria no es para él, y por ello es comprensible que se sienta como un ciudadano de segunda. Y luego están quienes, precisamente por ser feria, trabajan más y nunca han sido feriantes. En fin, la feria siempre fue por barrios. ¿O era por horarios?

Publicado en Diario HOY el 19/06/2011

miércoles, 26 de junio de 2013

El niño que subió al Enterprise



Tan inevitable como el respirar es el sano ejercicio de relacionar unas palabras con otras, para que ambas denoten y connoten pareja ilusión, alegría y felicidad, o por el contrario ayuden a diversificar y compartir lo negativo o traumático que nos produzca su imagen mental en lo más hondo de nuestra sesera.

Es curioso cómo esta unión temporal de palabras torna con los años amparándose en la ineludible transformación de circunstancias que padecemos los seres humanos. De niño la feria de San Juan eran “los cacharritos”. Así de sencillo. De adolescente la relacionaba más bien con el botellón y bellas muchachas desprovistas de casi toda su ropa, con pantalón muy ajustado o faldas no más anchas que cualquiera de mis cinturones. Ahora de adulto el nuevo recinto casi ha desaparecido en el horizonte de mis recuerdos, y me contemplo tomando cañas y tapas en los bares de la ciudad, lejos del incómodo tumulto mezclado con polvo al que se le suma un viaje interminable de ida y vuelta.

Si acaso los puestos de cariñena con barquillos, y por qué no confesarlo, aquellas locuciones inolvidables de los “Hermanos Pernía” o la jauría de tómbolas son las que me obligan a pisar, aunque sólo sea por una o dos jornadas, el nuevo recinto. 

Pero trasladémonos de nuevo en el tiempo hacia la infancia, ya que sin duda son los niños pacenses quienes más disfrutan de nuestra Feria.

Cuando era pequeño “los cacharritos” me volvían loco, pero los de los niños pequeños, los más seguros. Aquellos que por ejemplo se limitaban a unas tranquilas vueltas en plan “tío vivo” sin más sorpresa que el arranque de la atracción o un inocente sube y baja. Y así era feliz. Nunca brotó deseo alguno en mi precavida y pueril naturaleza de exponerme a peligro cualquiera por nimio que se mostrara

El menda era más de reírse en “La cámara de los espejos”, aquellos  que deformaban nuestra imagen de manera tronchante, que de gritar como loco en aquel “Tapiz” que parecía que iba a soltarse para mandar a las primeras de cambio a todos sus ocupantes al país vecino. Disfrutaba más tratando de hallar la salida en “El laberinto de cristal” que enjaulándome en “El barco pirata”. Creo que ustedes me van entendiendo.


Siempre contemplé la posibilidad de un accidente en las atracciones de feria como una de las muertes más atroces que se me ocurrían en mi calenturienta imaginación, formada a base de cómics, películas juveniles de Hollywood y dibujos ochenteros, como la celebrada  “Dragones y Mazmorras”, serie infantil animada que ayudó a alimentar mi celo sobre las atracciones, ya que en ella, un joven grupo de amigos, se ve inmerso sin comerlo ni beberlo en una pesadilla cruel y fantasmagórica en lo que a priori era un divertido día en el parque de atracciones.

Esta pequeña aprensión debe de ser algo parecido a lo que algunos experimentan al volar en avión, acción por cierto, que jamás causó miedo o pavor en mi persona. De accidentes en los cacharritos alguno hemos tenido en nuestra ciudad, y varios especialmente desgraciados en nuestro país, pero seamos francos y reconozcamos que son tan poco probables como los accidentes de avión, y que hay más oportunidades reales de pegarse una considerable leche caminando tranquilamente hacia el trabajo que en una de estas atracciones, y esto es algo, que les cuento por propia experiencia.

De repente, la naturaleza sigue su curso y la Feria de San Juan ya no se representa en mi cabeza a través de aquellos “cacharritos” tan ingenuos e inofensivos, y la necesidad y el deseo de hacerme notar ante el juvenil género femenino consiguieron que me convirtiera en un experto en no chocar en “Los Autos de Choque”. Pero el destino no está carente de cierta ironía, y no se iba a conformar sino poniéndome a prueba de la manera más cruel y traumática.


Una noche de San Juan, a mis 15 primaveras, trataba de terminar la noche intentando conseguir algo más que palabras de cierta homóloga femenina mientras acompañábamos a otro amigo y su ligue en un desfile de atracciones cada cual más pavorosa y temible. No sé quien tuvo la maldita idea, pero cuando escuché lo de: “¡Vamos a montarnos en el Enterprise!” no sé muy bien cómo fui capaz de mantener el tipo, fingiendo incluso que ninguna idea por estupenda que fuera me podría apetecer más.

¡Los siguientes minutos fueron horribles! Desde la inquieta calma que precede a la más cruenta de las batallas me di cuenta que jamás volvería a ser la misma persona

Cuando la atracción comenzó a moverse a una velocidad que a mí me pareció la de la luz, de mi alma saltó para siempre al vacío lo poco de niño que quedaba en mi cuerpo de adolescente. Si no vomité ni me mareé, ni expulsé líquidos o sólidos alguno fue sencillamente porque estaba muy concentrado en sujetarme tan fuerte como si temiera soltarme para caer al fondo de las calderas del mismísimo Infierno.

Al terminar de dar vueltas, aquella mágica noche de San Juan me había convertido en un hombre, y como tal, jamás volvió a darme vergüenza alguna reconocer que aquello no era precisamente lo que más me gustaba en el mundo. Es más, desde entonces repetía a viva voz y abiertamente a todo el que quisiera escucharlo que aquello del “Enterprise” era una tontería como un templo más propia de niños que de hombres, y que uno ya estaba muy crecidito para según qué chorradas. ¡Hasta yo mismo me lo creía!


Todavía hoy, alguna noche veraniega de la Feria de San Juan encuentro este trocito de alma infantil perdida dentro de los ojos de algún preadolescente valentón dispuesto a todo por conquistar a aquella niña con la que preferiría estar paseando de la mano e intercambiando sus primeros besos por el ferial, en lugar de someterse a tan singular tortura.



Pero nadie dijo que hacerse mayor fuera cosa sencilla o fácil, y en el transcurso de la vida hay que afrontar peligros inimaginables y situaciones que te gustaría evitar.



Es ley de vida, no siempre puedes quedarte al margen esperando para contemplar lo bien o lo mal que lo pasan los demás en el “Enterprise”. 

sábado, 22 de junio de 2013

Aromas de fin de curso


Aromas de fin de curso en la noche de San Juan. Foto: PAKOPÍ

La de San Juan es sin lugar a dudas, la feria más grande e importante de Extremadura. Y no solo porque acoja a miles de ciudadanos, tanto extremeños como del resto de España, y a un importante número de vecinos portugueses. 

San Juan es importante por lo que significa para los ciudadanos de Badajoz. Como pacense, cuando pienso en La Feria de San Juan, o escribo y converso sobre ella, lo primero que viene a mi cabeza son buenos recuerdos, de diversa índole, pero siempre gratos y reconfortantes. 

San Juan, inevitablemente, huele a fin de curso en mi cabeza, a libertad y felicidad, a colofón de las odiadas clases y a bienvenida del maravilloso verano, que se presentaba ante ti como el más largo y próspero de tu vida, ya que aún no habías consumido ni uno solo de sus interminables díasAlgo parecido a contemplar en tus manos el más dulce de los helados al que aún no has pegado el primer mordisco

Sinceramente, y sin deseo de restar a nuestros vecinos emeritenses o de Zafra valor alguno a sus Ferias, no creo que si la Feria de Badajoz se celebrara en Septiembre tuviera para con los pacenses las connotaciones de alegría, optimismo, buen humor, cachondeo y buen rollo que irradia la de San Juan por los cuatro costados.

Hablar de la Feria de San Juan, necesariamente significa referirse al recinto ferial, al viejo y al nuevo, con la polémica de fondo relativo a lo bueno y a lo malo del importante cambio que se produjo a finales de los 90 cuando se trasladó de Valdepasillas al actual recinto de Caya

Indudablemente el vetusto recinto había quedado pequeño, y el traslado al enorme espacio supuso un paso natural, que ha otorgado a la Feria de San Juan una mayor proyección, pues tan importante paso supuso la posibilidad de aumentar las cifras de visitantes, así como del número de casetas y atracciones participantes. Pero cierto es que también se materializó el fin del encanto para una generación, la de los que ahora rondamos la treintena. 

Aquella generación que aún recuerda el gustazo que suponía acercarse a las 16 años dando un paseo al viejo ferial, sin necesidad de que te llevaran en coche, o de depender de un autobús o un taxi. Los botellones se hacían en los aledaños, en “La piedra” como los llamábamos al principio, y en Mapfre como empezó a denominarse poco después. Y era divertido recorrer aquella suerte de jaurías de botellones dispersos, junto a los amigos, y encontrar a esta y aquella pandilla de la ciudad, y charlar un rato con  amiguetes de otros centros o de otros grupos de conocidos.

 Una vez inmersos en la magia de la Feria, todo estaba mucho más localizado y se sentía más cercano. Recuerdo, aún con risas, lo celebrada que fue la anécdota de los churros, cuando me enfrenté por primera vez a la no siempre fácil tarea de plasmar en papel mis primeros recuerdos de la Feria de San Juan. Quedó inmortalizada en el Diario HOY, el 27 de Junio de 2010, y para siempre en mi primer libro “Don de Loch Lomond”. Permítanme que la recuerde muy brevemente para los lectores que aún no la conozcan:

Tendríamos unos 16 años, y en aquella edad no comíamos, sencillamente devorábamos. Si nos ponían un buey por delante, le echábamos un poco de “kétchup” y nos lo jalábamos preguntando qué habría de postre. Una mágica noche de San Juan, tras haberlo gozado de lo lindo y volver dando un paseo mientras contábamos batallitas, paramos en una churrería de Valdepasillas que acababa de abrir hacía pocos minutos. Había una pequeña cola en donde nos dispusimos mis amigos y yo. Éramos cuatro, y teníamos claro que de beber íbamos a pedir cuatro chocolates. “¿Cuántos churros vas a querer tu Enrique?” - me preguntó mi amigo Javi (íntimo mío y de la gula, como quien suscribe) “No sé, contesté yo… ¿unos diez?” - a todos les pareció bien  “Yo también diez…o doce” contestó aquel. El caso es que cuando nos tocó el turno, el churrero nos preguntó “¿Qué queréis?” Yo contesté con toda la buena educación del mundo “pónganos, si es tan amable, cuatro chocolates y sesenta churros” (nuestro voraz apetito nos recomendó pedir alguno más de la cuenta por aquello de que es mejor que sobre que no que falte) “¿Sesenta churros?” exclamaron el churrero y toda la cola al unísono. “Si” contestó mi amigo Javi con toda naturalidad y fingiendo algo de desgana “es que no estamos muy churreros hoy”. Y es cierto, no lo estábamos... ¡Sobraron dos!”

Esta simpática anécdota (les aseguro que es verídica) jamás volvió a producirse desde el traslado al nuevo recinto de Caya. La considerable distancia, unido a la ingesta de alcohol y al peligro de caminar de noche, no aconsejan aquello tan nuestro de antaño de volver dando un paseo, bromeando y charlando

Podemos afirmar sin ninguna duda que quizás La Feria de San Juan, tal y como la entendíamos, dejó de convertirse en algo muy nuestro que se abría a una concepción de la Feria mucho mayor de lo que la sentíamos y que se nos escapaba. 

Nunca olvidaré la primera vez que acudí junto a mi novia y mis amigos a conocer “la nueva feria”. Aunque quizás, denominarla como primera vez no sea el término más acertado... ya que no fuimos. Tras la compra del botellón y el resto de toda la parafernalia, nos situamos en una de las paradas de autobús que el Ayuntamiento había dispuesto (No sé si fue exactamente en la Avenida de Europa o Fernando Calzadilla) el caso es que nada más llegar a la parada comenzaron a pasar autobuses que se dirigían a la Feria. Escribo “pasaban” porque no paraba ni uno. Estaban todos completamente hasta las trancas, y era desesperante observar como pasaban de largo sin ni siquiera detenerse para decirnos “ahí os quedáis”. La espera comenzó a resultar aburrida, hasta que a alguien se le ocurrió abrir la primera botella de ron. Cuando quisimos darnos cuenta eran las cinco de la mañana, como en la canción del inigualable Juan Luis Guerra. Ya ni siquiera mirábamos si venían autobuses, cuales náufragos en desiertas islas que han abandonado ya toda esperanza a ser rescatados. El caso es que lo pasamos muy bien, pero nuestro objetivo de conocer el nuevo recinto resultó esquivo.

El segundo intento también fue digno de aparecer en estas líneas. Visto que el día anterior no nos podíamos fiar de los autobuses, movilizamos a todos nuestros amigos que disponían de auto y carnet de conducir, que eran bastante escasos, y tras organizarnos como pudimos y cargados con el botellón pusimos rumbo al nuevo ferial... y acabamos la mayoría de los ocupantes de los vehículos haciendo de nuevo botellón, tras uno de los atascos más importantes en los que me he visto envuelto. Finalmente, tras los comprensibles problemas de organización, conocimos por primera vez la nueva Feria, que nos dejó aquel sabor agridulce ante la ilusión de lo más nuevo y el recuerdo de los momentos dejados atrás.

Con los años, evidentemente, dejó de interesarme el botellón, y son ahora los más jóvenes quienes le dan vida y forma, como nosotros cuando éramos adolescentes. Ciertamente acudo con muy poca frecuencia al ferial, pero siempre es agradable pasarse algún día por allí y dar una vuelta para tomarme mi Cariñena con barquillos escuchando de fondo la inolvidable locución de los hermanos Pernía

Es cierto que la magia ya no es la misma, pero después de todo, el recinto ferial, así como los cacharritos o las casetas no son solo sino una pieza más del engranaje de la festividad, que también se celebra en las calles de la ciudad, y no solo en el Casco Antiguo, con la denominada Feria de Día, sino en todos los barrios.

Como pacenses que somos es importante que participemos en nuestras fiestas de una u otra manera, y que cada uno la sienta como suya. 

Personalmente aun no tengo hijos a los que llevar a montarse en los cacharritos, pero me gusta aprovechar la excusa de la Feria para reunirme con amigos y seres queridos y beber y comer un poco más de la cuenta, y disfrutar del  buen ambiente que se respira en Badajoz. Porque ya lo saben. 

En la Feria de San Juan siempre estoy feliz y de buen humor, sean cuales sean los problemas. Y seguramente la mayoría de ustedes también

Porque aunque no seamos estudiantes, ni sintamos ya el cosquilleo en el estómago al pensar en las chicas que nos aguardan en la mágica noche de San Juan, ligeras de ropa y con pantalón ajustado, o en los furtivos besos al amanecer, y tantos momentos especiales vividos sobre el polvo del ferial, siempre quedará dentro de nuestro corazón esa sensación de libertad y felicidad.

Ese aroma inolvidable de fin de curso que nos acompañará para siempre en la Feria de San Juan.