Don de Loch Lomond

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jueves, 26 de junio de 2014

Cariñena y barquillos en la Feria de San Juan de Badajoz

Junto con los "cacharritos" y las tómbolas (nunca me podré olvidar de la chochona... que rica la chochona) los puestos de vino cariñena acompañan los recuerdos de la Feria de San Juan.

Constantemente rememoro a mi señor padre, cada año, parando en algún momento de nuestro paseo para degustar ese sabrosísimo y fresquito caldo, como si de una costumbre o tradición ancestral imperdonable se tratara. Entonces, yo tenía que contentarme con los barquillos, que no era poco, y entre nosotros, de niño nunca llamó poderosamente la atención aquel extremado licor, aunque ya era conocedor de sus virtudes y defectos, resultado de leer desde pequeño un libro como "La Venganza de Don Mendo", del gran Muñoz-Seca, con aquellos desternillantes versos:



«Serena escúchame Magdalena, porque no fui yo… ¡no fui!, fue el maldito cariñena que se apoderó de mí…».

Lo que son las cosas, superadas ya la niñez y adolescencia con creces, y aquellos primeros años locos de juventud, donde la feria no era más que un gran botellón que luegose complementaba con las casetas, es ahora cuando, supongo que por la herencia recibida, me gusta cada año ser yo el que se detiene para degustar una copita de cariñena, cuyo exquisito sabor viene a señalarme que ya no soy un niño, y ahora soy yo el que se bebe aquel vino que antes por edad se me negaba, para luego retroceder de nuevo en el tiempo hacia la niñez durante unos instantes embriagado del sabor de aquellos dulces barquillos.

Es curioso como todo nuestro pequeño mundo cambia a lo largo de los años, incluído el propio ferial y su localización. Algunas de las casetas y atracciones se han adaptado a los tiempos, otras por el contrario se mantienen con el poderoso magnetismo de antaño. Los puestos de cariñena sin embargo no han variado ni uno solo de los adornos de entonces, con aquellos inconfundibles vendimiantes y aquel llamativo grifo de donde parece no parar nunca de manar el apetitoso morapio.

Existen cosas que no deberían de cambiar nunca, porque les confieso, que por muy breve que sea mi visita cada año al recinto ferial, siempre me dejo caer por alguno de estos puestos. Les aseguro, que si algún día no los encontrara, a mi me faltaría algo, la verdad.



Seguro que muchos pacenses, que como el menda acompañaban a sus padres en aquel ceremonioso rito, sonríen al leer estas lineas y se sienten cómplices de quien suscribe, y también lo harán un año más durante la Feria de San Juan de Badajoz, cuando antes de disponerse a dar el primer sorbo de cariñena, le entreguen a sus hijos aquellos barquillos, cuyo suculento sabor constituirá inevitablemente una reminiscencia inolvidable de su memoria.

¡A su salud amigos pacenses! ¡Nos vemos en la Feria de San Juan de Badajoz 2014!

sábado, 10 de mayo de 2014

El Carnaval de " Los Niños"

Cuando evocamos a la memoria y realizamos un nostálgico viaje en el tiempo a través de nuestros recuerdos, es casi imposible no vislumbrarse a uno mismo inmerso en la magia del Carnaval pacense. Siempre existe una mención especial, un momento entrañable que se desarrolla disfrazado y rodeado de amigos o familiares, disfrutando del baile de máscaras con la inconfundible banda sonora de tambores y pitos que ya, desde la fiesta de las candelas, se empeñan en recordarnos que estamos en esa breve época del año en la que merece la pena olvidarnos de todo lo malo y dedicarnos a disfrutar como buenamente podamos de una fiesta de la que presumimos y que sin duda es tan grande como nuestra.

Pero existe otra banda sonora, que también acompaña a los espectros que figuran en nuestra sesera desde la niñez. Me refiero naturalmente a las murgas, y muy especialmente al concurso de estas agrupaciones que se desarrolla desde el año 1982.

Aun recuerdo cuando había que sintonizar un canal en aquellas viejas televisiones de los años 80 para disfrutar del concurso de murgas que entonces se desplegaban en el viejo y entrañable Teatro Menacho, en donde ahora existe un Zara al que miro con el desprecio que supone una traición a tan especiales momentos vividos en el interior de su sagrado recinto, en donde la magia del cine y del teatro me ayudaron a crecer a sabiendas que los sueños pueden cumplirse si nos lo proponemos todos los días.

Aquellos primeros concursos eran tan rudimentarios como entrañables. Cargados de buenas intenciones y un espontaneo y envidiable sentido del humor, en detrimento eso sí de cierta armonía vocal y musical y cuanto menos de calidad en el vestuario. Pero lo esencial eran las ganas de pasarlo bien, algo que lamentablemente en los últimos años no ha trascendido tanto como otros aspectos a la postre bastante menos románticos que van más allá de intentar conseguir esa media sonrisa o explosiva carcajada que los amantes del concurso buscamos en cada edición sin descanso.

El nivel de las murgas así como la preparación de los murgueros aumentó. Llegaron las nuevas reglas y a finales de los 90 se acabó con aquel bendito desorden en el que cada formación cantaba lo que quería y como quería. Algunos de los murgueros más veteranos no acogieron de buen grado estos cambios, pero es indudable que la "profesionalización" de este concurso nos ha proporcionado a lo largo de los últimos años momentos inolvidables e impagables de humor y felicidad. Sigo sin comprender a aquellos que solo apoyan a una murga o a las más populares cuando todas las agrupaciones pueden proporcionarnos excelentes momentos.



Un aspecto que siempre ha llamado poderosamente mi atención es el grado de "frikismo" que rodea toda la parafernalia que supone el concurso: Colas enormes para conseguir entradas, puyas constantes al jurado, canciones dedicadas entre las propias murgas o críticas en las letras sobre aspectos muy particulares que se tratan como si fueran conocidísmos. Llega un momento, en el que un espectador que no conozca profundamente todos los avatares del mundo carnavalero puede llegar a sentirse desorientado respecto a la temática de una actuación.

Sin duda fue en la edición de 2007 en la que todo este grado de frikismo alcanzó su mayor cota de espectacularidad. La murga "Los Niños", a la que guardo especial simpatía por aquello de ser coetaneos en edad y aportar risas y buen humor en todas sus participaciones, realizó un extraordinario ejercicio de originalidad y humor surrealista al parodiar y homenajear a la vez a aquellas primeras murgas del concurso.



Con el nombre de "Los Viriviriflantas. Feliz Carnaval 1986" la divertida formación parodiaba con mucho respeto y en tono de humor lo que podría haber sido la actuación de una murga debutante en aquel año. Para ello llevaron al límite su intervención (cantar algo desafinado, redobles y voces que entraban a destiempo, simplicidad y rimas absurdas en las letras, anarquía de movimientos en el escenario... hasta los antiguos micrófonos de pie y los recortes de serpentinas) hasta el punto de incumplir una de las normas del concurso. Utilizaron música que no era original en un pasodoble, algo no permitido por las nuevas reglas pero imprescindible para la naturaleza de su disfraz y de los personajes de la actuación, ya que por aquellos años, prácticamente todas las murgas utilizaban el tanguillo de los carnavales de Cádiz para sus pasodobles.

Una genialidad que no fue entendida como tal por los miembros del jurado, y por parte de algunas agrupaciones, por lo que fueron descalificados, poniendo fin a una de las actuaciones más extraordinarias (en todos los sentidos) que ha tenido lugar en el Concurso de Murgas.

Irrefutablemente, "Los Niños" se han ganado a pulso escribir con su arte un pedacito de la histora de este concurso, hasta el punto que esta edición será conocida en un futuro como "El Carnaval de Los Niños", el de su ausencia, el del año que no participaron en el concurso de murgas, haciendo bueno el dicho que asegura que aunque nadie sea imprescindible existen huecos que son mucho más difíciles de llenar que otros.

Esperemos que sea una anécdota, o ¿Por qué no? Incluso otra de sus bromas, y los tengamos con las pilas cargadas en el concurso del 2015. El Concurso de Murgas de Badajoz será grande eternamente, pero sin duda alguna , con "Los Niños" siempre será mejor.

miércoles, 26 de febrero de 2014

¡Pero qué público más tonto tengo!

El público del López de Ayala, o al menos gran parte de él, no se comporta con la grandeza que se espera de él durante el Concurso de Murgas del Carnaval de Badajoz.
El público del López de Ayala, o al menos gran parte de él, no se comporta con la grandeza que se espera de él durante el Concurso de Murgas del Carnaval de Badajoz.

De esta guisa se arrancaban a tocar los “Kaka Deluxe” a principio de los 80, una de aquellas primeras y precarias bandas de la famosa y sempiterna “movida”, aquel movimiento socio cultural germen de grandes bandas que años después nos regalarían grandes canciones parala historia de la música pop en España.

Kaka Deluxe”, en donde militaba una jovencísima Alaska, era una de aquellas bandas conmás ganas e ideas que virtuosismo instrumental, y buscaba en la provocación una manera como cualquier otra de llamar la atención y mantenerse en el candelero. Es curioso pero fue también a principios de los 80 cuando los Carnavales comenzaron a coger fuerza en Badajoz, y sus protagonistas, también precarios en medios como los grupos musicales de la movida, tenían ante todo más ganas de divertirse que cualquier otra cosa.

Pero no pretendo hablarles hoy de grupos musicales, sino de público, del público del López de Ayala concretamente, aquel que hace horas y horas de cola para conseguir una entrada para presenciar en vivo el ya tradicional y esperado concurso de Murgas de Badajoz.

¿Como se puede combatir el frío y hacer tantas horas de cola para abandonar una butaca?
¿Como se puede combatir el frío y hacer tantas horas de cola para abandonar una butaca?

Como comprenderán a estas alturas, quien suscribe no busca llamar la atención ni pretende provocación alguna, que eso ya ni se lleva y ni mucho menos está de moda, ni siquiera ofender con un inocente “tonto” a quienes ocupan una butaca en el López durante el concurso

Pero sí me gustaría que sirviera como toque de reprobación, y que a más de uno, las palabras de mi menda les indujera a reflexionar sobre un comportamiento nefasto que viene protagonizando desde hace ya muchos años gran parte del público del teatro, que indigna a murgueros y carnavaleros en general, y en especial a todo aquel bien nacido que guarda en su haber algo de buena educación y ciertos valores.

Los propios murgueros se han mostrado perplejos, y han criticado en muchas ocasiones en sus letrillas a quienes por ejemplo abandonan su butaca tras la actuación de la murga con la que simpatizan, ya sea porque en ellas militan amigos, parejas o familiares. El aforo del teatro es limitado, y existen muchos que no pueden conseguir una entrada ni permitirse guardar colas durante horas para disfrutar de un concurso que llevan esperando casi un año

Esta falta de respeto hacia los ciudadanos con menor fortuna se agrava hacia los murgueros que tras un año de preparación observan como su trabajo es ninguneado y despreciado, mostrando realmente que no existe aquel espíritu carnavalero del que el público del López, y en especial todos los pacenses, presumimos y hacemos gala durante nuestra fiesta.

Hay gente que guarda horas de colas para conseguir entradas. Sin embargo, especialmente durante los preliminares, tras la actuación de alguna murga puntera, muchas butacas son abandonadas.
Hay gente que guarda horas de colas para conseguir entradas. Sin embargo, especialmente durante los preliminares, tras la actuación de alguna murga puntera, muchas butacas son abandonadas.
Si reprobable es abandonar la butaca no menos feo es mostrarse poco o nada receptivo con todas las murgas, que indudablemente, algunas serán más flojas que otras, pero todas guardan grandes dosis de ilusión y divertidos momentos para hacernos pasar un buen rato.

El público del López se está transformando en algo parecido a los forofos y fiebres de determinados equipos de fútbol, en donde un hincha del Madrid no es capaz de disfrutar con un pase de Xavi y una ejecución magnífica de Messi y otro del Barcelona es incapaz de reconocer la grandeza de Casillas o las innegables cualidades de Cristiano Ronaldo.

En esta época todos debemos estar más predispuestos a la risa que nunca, y hemos de ser generosos de buen humor y amigos íntimos del sano ejercicio del cachondeo.Quien disfruta de los carnavales ha de hacerlo sí o sí durante todo el concurso de murgas, y aceptar la decisión final del jurado con menor o mayor fortuna para su agrupación favorita. También debería respetar a los demás espectadores del teatro, o a los que siguen el concurso a través de la radio o la televisión.

 Reconozco que se me llevan los demonios cada vez que la cateta de la primera fila, o el “macarrilla” de turno, o el paisano de este y aquel, o todos al mismo tiempo, intentan hacerse oír por encima del murmullo incesante de expectación que transcurre instantes antes de cada actuación murguera.

-“¡Eso es un murga!” – jalea la ordinaria de turno  – “¡Ese Chiqui bueno!” grita el otro – “¡Guapo!”, “¡Tía buena!”,  “¡Tú sí que vales!”, “¡sois los mejores!” – y demás estupideces por el estilo que no vienen a cuento y muchas veces incluso interrumpen el normal desarrollo de la actuación. ¡Por el Cetro de Otokkar! ¡Menuda panda de cansinos!

¡Parece una absurda competición por hacerse notar unos por encima de otros cuando a los que tienen que escucharse alto y claro es a los integrantes de las murgas! Sin olvidarnos de los “¡Oles!” y aplausos cuando algún que otro cantante frustrado se lanza a desgañitarse con gorgoritos insufribles en el momento cumbre de la actuación. Pero ese tema, el de los murgueros que pretenden ser cantantes profesionales, lo dejamos para otro día, que también trae cola.

El público debería de tener claro que su deber es permanecer en silencio, atento a las letras, voces, música y puesta en escena, disfrutando, sin reprimir por supuesto la inevitable y necesaria risa, aunque en ocasiones sea ruidosa y en forma de escandalosa carcajada, de eso se trata.

Todas las murgas que se suben al escenario del López de Ayala, desde "Los Niños" a "Los Zariguellas", merecen un respeto por parte del público. Todas las formaciones tienen buenos momentos que brindarnos.
Todas las murgas que se suben al escenario del López de Ayala, desde "Los Niños" a "Los Zariguellas", merecen un respeto por parte del público. Todas las formaciones tienen buenos momentos que brindarnos.
¡Los aplausos, los silbidos, los “bravos” y los “oles” solamente están justificados al principio y al final! ¡A ver si nos vamos enterando!

Pero después de todo se trata de divertirse, y más en estos últimos años tan difíciles dondenecesitamos más que nunca la risa y el buen humor. Por lo tanto me dirijo a ti, desocupado lector, que seguro que te has visto reflejado en alguno de los renglones de este artículo.

En lugar de ciscarte en mis muelas deberías reflexionar, y admitir que en según qué ocasiones no te has portado con la corrección que se espera de un pacense que ama y vive su fiesta con especial devoción. Así que ya sabes, a disfrutar de todo el concurso de murgas, a reírte y brindar tu apoyo a todas las formaciones, y en especial a regalarles tu sonrisa, y tu aplauso, que todas se lo merecen, ya que trabajan durante un año para intentar hacernos un poco más felices.

Y sobre todo, como cantaba hace ya algunos años una inolvidable tribu africana-pacense: “¡No te enfades…. que estamos en Carnaval!”.

¡Feliz Carnaval 2013!

Corazón y memoria



Hablar del Carnaval de Badajoz, cuando uno es pacense y además todavía ronda la treintena, no deja de antojárseme como un ejercicio muy grato, sano y bastante recomendable. Me atrevería a afirmar que incluso me resulta terapéutico. Yo aún diría más, mi querido Hernández, hasta me resulta muy terapéutico. Cuanto más si tan noble exposición se realiza de esta inmejorable tribuna que no es otra que esta Revista Oficial del Excmo. Ayuntamiento de Badajoz, desde donde por primera vez (y espero que por muchos años) me dirijo a ustedes, siendo consciente de la enorme responsabilidad para con mis conciudadanos, y con la finalidad de transmitirles mis impresiones sobre una fiesta, la nuestra, la de todos, que ocupa un lugar especial en mi corazón y en mi memoria.



El menda era hasta hace bien poco uno de tantos treintañeros que, tras los excesos de la adolescencia y primeros años de juventud, comenzaba ya a renegar de una fiesta a la que consideraba de escaso sentido, y a la que cada año se resistía con más pereza. ¡Cuan traidores podemos llegar a ser los hombres cuando renegamos de nosotros mismos y de nuestros recuerdos más dulces y entrañables! Gracias a Dios, el Tiempo, ese puñetero mal nacido, fiscal implacable e impasible donde los haya, se encarga de poner a cada uno en su sitio, y de equiparar cada momento de tu vida en el espacio asignado por la memoria, la cual dictamina los recuerdos que se convertirán en inquilinos de nuestro corazón y aquellos que sin embargo serán desechados y se volatilizarán de nuestros recuerdos para siempre como polvo en la lluvia.

Fue hace un par de febreros, cuando me disponía como cada domingo a dirigirme a mis desocupados lectores de HOY, cuando me rencontré, gracias a la memoria, con el Carnaval de mi tierra. Lo que comenzó como un despliegue de crítica con ademán de desprecio y ninguneo, con cierta alevosía y bastante mala leche y peor café, acabó convirtiéndose como quien no quiere la cosa en un entrañable homenaje a la magia del Carnaval de Badajoz.

Resulta sorprendente viajar al centro del cerebro y comprobar cómo uno de tus primeros recuerdos tangibles de la niñez es la de tu propia imagen, disfrazado de futbolista, embargado de ilusión y felicidad, acudiendo de la mano de tu madre a la guardería, donde te esperaban todos tus compañeros ataviados con sus disfraces. Si la mayoría de jóvenes de mi quinta, hicieran un pequeño esfuerzo y viajaran a través de su memoria más atrás en el tiempo, no me cabe la menos duda de que la mayoría de éstos se sorprenderían a sí mismos con recuerdos de parecida índole.

Me encantaba disfrazarme de futbolista

Es curioso que el primer disfraz que recuerde sea el de futbolista, posiblemente será por aquello de que todos nos disfrazamos de lo que nos gustaría ser, o de lo que nos hubiera gustado ser. Aunque no creo al cien por cien dicha afirmación, pues en una ocasión, con 14 años, me disfracé de animadora rubia y con coletas, con sus pompones y todo, y dudo que jamás de los jamases albergara en mi oronda inmensidad dedicarme a tan travestida profesión. 

Hay quien insiste en que no hay nada peor que un hombre disfrazado de mujer, ya que según las malas lenguas (que incluso por aquí también las hay) alimenta la sospecha además de hacer gala de un mal gusto considerable. Quien suscribe no mantiene tal máxima, y sus conciudadanos seguramente tampoco, ya que nos hemos criado en la evidencia y en la opinión de que lo que uno busca al disfrazarse es divertirse y divertir a los demás. ¡Qué ganas tienen algunos cenizos de ver la paja en el ojo ajeno e insistir en que algo no pueda dejar de ser divertido sin un trasfondo de dudosa negatividad!



En Badajoz, el disfraz siempre ha sido lo de menos. Una simple excusa en pos de la diversión más sana y la búsqueda inagotable de la media sonrisa o la explosiva carcajada. 

Aún recuerdo, no sin cierta nostalgia, cuando en mi grupo de amigos, cansados ya de los preparativos y de lo difícil que era ponerse de acuerdo, nos inventamos el más cómodo y sencillo de los disfraces. Hartos de pasar frío en anteriores ediciones, y de cargar con los más a absurdos accesorios, nos enfundábamos unas viejas batas de médico sobre nuestras ropas de abrigo que maqueábamos para la ocasión. Algunos añadían, como único accesorio, enormes y divertidas jeringuillas que como bien pueden imaginar no cumplían sino una función estrictamente etílica. 

Existen, por el contrario, quienes se toman muy en serio todo lo referente al disfraz. Lo deciden con suficiente tiempo junto a sus pandillas de amigos, y gastan no poco estipendio en la consecución y complementos de lo mismos, y a éstos se les nota un brillo especial en los ojos cuando se los enfundan por primera vez para escuchar el pregón del Viernes de Carnaval, con los primeros tambores como telón de fondo.



Ese tambor, que por cierto no deja indiferente a nadie. Algunos lo aman por considerarlo el símbolo del Carnaval de Badajoz, otros reniegan de él afirmando que es un peñazo. Un servidor no opina ni lo uno ni lo otro… sino todo lo contrario. Existen momentos apropiados para el tambor, de la misma manera que los hay para el baile, el cante o una conversación distendida y animada. Aunque mentiría si no reconociera que en esta ciudad, el noble y difícil arte de la percusión se toma muy a la ligera. 

Existen quienes realmente ejecutan un trabajo admirable en las tamboradas y en el desfile del domingo, pero igualmente hay muchos que en cuanto portan un par de baquetas en las manos se creen que pueden emular a Phill Collins, y éstos resultan algo pesados. Lo poco agrada y lo mucho cansa, y las comparsas, numerosísimas por cierto, deberían replantearse si tras las tamboradas y el desfile, no sería más adecuado poner en práctica el antiguo y sabio dicho griego que afirma que en el término medio se encuentra la virtud. 

A muchos les sorprende mi poca devoción por las percusiones de las comparsas (que no por el excelente y vistoso resultado de sus majestuosos trajes), ya que a priori dan por hecho, que habiendo tocado la batería tantos años en agrupaciones pacenses, lo gozo de lo lindo con sus creaciones. En defensa de éstas habría que matizar que tras tantos años, la posibilidad de sorprender es cada vez más compleja a pesar del enorme esfuerzo y dedicación de sus componentes.


La verdad es que en los últimos años disfruto más con las ocurrentes murgas, cuyo concurso sube de categoría en cada nueva edición hasta extremos de tener que organizar preliminares para asegurar cierto nivel en la final. Siempre he preferido a las murgas más divertidas, en detrimento de las denominadas más serias, pero disfruto musicalmente con ambas. En varias murgas pacenses podemos encontrar algunas de las mejores voces y más soberbias guitarras, y en casi todas ellas un arte impecable y un trabajo realmente imaginativo en sus percusiones, cuyos músicos ejecutantes no suelen recibir elogios equiparables al resto de colegas. El alto nivel y el enorme grado de coordinación existente en muchos de ellos consiguen como resultado final que su murga parezca contar con una batería completa en lugar de un simple bombo con platillos y una caja. Se escuchan ritmos bases de pop, de música disco, de rumba, de salsa, de heavy e incluso de reggaetón. Con sus redobles de caja y timbal, y sus característicos sonidos de “hi hat” abriéndose y cerrándose. Desde estas líneas ruego el justo reconocimiento a su encomiable labor.

Siempre me ha resultado digno de admiración lo volcada y presente que se haya gran parte de la ciudadanía pacense en todo lo referente a nuestro Carnaval. Es raro no conocer a nadie de tu entorno que no figure en comparsa o murga, o que sea parte del equipo de alguna asociación que organiza desfiles infantiles de disfraces o cualquier acto relacionado con nuestra fiesta. Solo así se explica el hecho de que el Carnaval de Badajoz haya sido declarado Fiesta de Interés Turístico Nacional.

Algunas voces animan a trabajar más en pos de una mayor difusión fuera de nuestras fronteras, para que cada vez más personas se animen y se unan a los miles que nos visitan cada año, algo que especialmente a mí, como ciudadano me agrada e ilusiona profundamente.

Pero sin olvidar que más allá de la difusión nacional, y de la promoción que pueda suponer para nuestra ciudad, el Carnaval debe ser ante todo, un recuerdo constante, un habitante ejemplar de nuestra memoria, para no olvidarnos de la fiesta que todos los pacenses debemos llevar por y para siempre en nuestro corazón.

miércoles, 26 de junio de 2013

El niño que subió al Enterprise



Tan inevitable como el respirar es el sano ejercicio de relacionar unas palabras con otras, para que ambas denoten y connoten pareja ilusión, alegría y felicidad, o por el contrario ayuden a diversificar y compartir lo negativo o traumático que nos produzca su imagen mental en lo más hondo de nuestra sesera.

Es curioso cómo esta unión temporal de palabras torna con los años amparándose en la ineludible transformación de circunstancias que padecemos los seres humanos. De niño la feria de San Juan eran “los cacharritos”. Así de sencillo. De adolescente la relacionaba más bien con el botellón y bellas muchachas desprovistas de casi toda su ropa, con pantalón muy ajustado o faldas no más anchas que cualquiera de mis cinturones. Ahora de adulto el nuevo recinto casi ha desaparecido en el horizonte de mis recuerdos, y me contemplo tomando cañas y tapas en los bares de la ciudad, lejos del incómodo tumulto mezclado con polvo al que se le suma un viaje interminable de ida y vuelta.

Si acaso los puestos de cariñena con barquillos, y por qué no confesarlo, aquellas locuciones inolvidables de los “Hermanos Pernía” o la jauría de tómbolas son las que me obligan a pisar, aunque sólo sea por una o dos jornadas, el nuevo recinto. 

Pero trasladémonos de nuevo en el tiempo hacia la infancia, ya que sin duda son los niños pacenses quienes más disfrutan de nuestra Feria.

Cuando era pequeño “los cacharritos” me volvían loco, pero los de los niños pequeños, los más seguros. Aquellos que por ejemplo se limitaban a unas tranquilas vueltas en plan “tío vivo” sin más sorpresa que el arranque de la atracción o un inocente sube y baja. Y así era feliz. Nunca brotó deseo alguno en mi precavida y pueril naturaleza de exponerme a peligro cualquiera por nimio que se mostrara

El menda era más de reírse en “La cámara de los espejos”, aquellos  que deformaban nuestra imagen de manera tronchante, que de gritar como loco en aquel “Tapiz” que parecía que iba a soltarse para mandar a las primeras de cambio a todos sus ocupantes al país vecino. Disfrutaba más tratando de hallar la salida en “El laberinto de cristal” que enjaulándome en “El barco pirata”. Creo que ustedes me van entendiendo.


Siempre contemplé la posibilidad de un accidente en las atracciones de feria como una de las muertes más atroces que se me ocurrían en mi calenturienta imaginación, formada a base de cómics, películas juveniles de Hollywood y dibujos ochenteros, como la celebrada  “Dragones y Mazmorras”, serie infantil animada que ayudó a alimentar mi celo sobre las atracciones, ya que en ella, un joven grupo de amigos, se ve inmerso sin comerlo ni beberlo en una pesadilla cruel y fantasmagórica en lo que a priori era un divertido día en el parque de atracciones.

Esta pequeña aprensión debe de ser algo parecido a lo que algunos experimentan al volar en avión, acción por cierto, que jamás causó miedo o pavor en mi persona. De accidentes en los cacharritos alguno hemos tenido en nuestra ciudad, y varios especialmente desgraciados en nuestro país, pero seamos francos y reconozcamos que son tan poco probables como los accidentes de avión, y que hay más oportunidades reales de pegarse una considerable leche caminando tranquilamente hacia el trabajo que en una de estas atracciones, y esto es algo, que les cuento por propia experiencia.

De repente, la naturaleza sigue su curso y la Feria de San Juan ya no se representa en mi cabeza a través de aquellos “cacharritos” tan ingenuos e inofensivos, y la necesidad y el deseo de hacerme notar ante el juvenil género femenino consiguieron que me convirtiera en un experto en no chocar en “Los Autos de Choque”. Pero el destino no está carente de cierta ironía, y no se iba a conformar sino poniéndome a prueba de la manera más cruel y traumática.


Una noche de San Juan, a mis 15 primaveras, trataba de terminar la noche intentando conseguir algo más que palabras de cierta homóloga femenina mientras acompañábamos a otro amigo y su ligue en un desfile de atracciones cada cual más pavorosa y temible. No sé quien tuvo la maldita idea, pero cuando escuché lo de: “¡Vamos a montarnos en el Enterprise!” no sé muy bien cómo fui capaz de mantener el tipo, fingiendo incluso que ninguna idea por estupenda que fuera me podría apetecer más.

¡Los siguientes minutos fueron horribles! Desde la inquieta calma que precede a la más cruenta de las batallas me di cuenta que jamás volvería a ser la misma persona

Cuando la atracción comenzó a moverse a una velocidad que a mí me pareció la de la luz, de mi alma saltó para siempre al vacío lo poco de niño que quedaba en mi cuerpo de adolescente. Si no vomité ni me mareé, ni expulsé líquidos o sólidos alguno fue sencillamente porque estaba muy concentrado en sujetarme tan fuerte como si temiera soltarme para caer al fondo de las calderas del mismísimo Infierno.

Al terminar de dar vueltas, aquella mágica noche de San Juan me había convertido en un hombre, y como tal, jamás volvió a darme vergüenza alguna reconocer que aquello no era precisamente lo que más me gustaba en el mundo. Es más, desde entonces repetía a viva voz y abiertamente a todo el que quisiera escucharlo que aquello del “Enterprise” era una tontería como un templo más propia de niños que de hombres, y que uno ya estaba muy crecidito para según qué chorradas. ¡Hasta yo mismo me lo creía!


Todavía hoy, alguna noche veraniega de la Feria de San Juan encuentro este trocito de alma infantil perdida dentro de los ojos de algún preadolescente valentón dispuesto a todo por conquistar a aquella niña con la que preferiría estar paseando de la mano e intercambiando sus primeros besos por el ferial, en lugar de someterse a tan singular tortura.



Pero nadie dijo que hacerse mayor fuera cosa sencilla o fácil, y en el transcurso de la vida hay que afrontar peligros inimaginables y situaciones que te gustaría evitar.



Es ley de vida, no siempre puedes quedarte al margen esperando para contemplar lo bien o lo mal que lo pasan los demás en el “Enterprise”. 

sábado, 22 de junio de 2013

Aromas de fin de curso


Aromas de fin de curso en la noche de San Juan. Foto: PAKOPÍ

La de San Juan es sin lugar a dudas, la feria más grande e importante de Extremadura. Y no solo porque acoja a miles de ciudadanos, tanto extremeños como del resto de España, y a un importante número de vecinos portugueses. 

San Juan es importante por lo que significa para los ciudadanos de Badajoz. Como pacense, cuando pienso en La Feria de San Juan, o escribo y converso sobre ella, lo primero que viene a mi cabeza son buenos recuerdos, de diversa índole, pero siempre gratos y reconfortantes. 

San Juan, inevitablemente, huele a fin de curso en mi cabeza, a libertad y felicidad, a colofón de las odiadas clases y a bienvenida del maravilloso verano, que se presentaba ante ti como el más largo y próspero de tu vida, ya que aún no habías consumido ni uno solo de sus interminables díasAlgo parecido a contemplar en tus manos el más dulce de los helados al que aún no has pegado el primer mordisco

Sinceramente, y sin deseo de restar a nuestros vecinos emeritenses o de Zafra valor alguno a sus Ferias, no creo que si la Feria de Badajoz se celebrara en Septiembre tuviera para con los pacenses las connotaciones de alegría, optimismo, buen humor, cachondeo y buen rollo que irradia la de San Juan por los cuatro costados.

Hablar de la Feria de San Juan, necesariamente significa referirse al recinto ferial, al viejo y al nuevo, con la polémica de fondo relativo a lo bueno y a lo malo del importante cambio que se produjo a finales de los 90 cuando se trasladó de Valdepasillas al actual recinto de Caya

Indudablemente el vetusto recinto había quedado pequeño, y el traslado al enorme espacio supuso un paso natural, que ha otorgado a la Feria de San Juan una mayor proyección, pues tan importante paso supuso la posibilidad de aumentar las cifras de visitantes, así como del número de casetas y atracciones participantes. Pero cierto es que también se materializó el fin del encanto para una generación, la de los que ahora rondamos la treintena. 

Aquella generación que aún recuerda el gustazo que suponía acercarse a las 16 años dando un paseo al viejo ferial, sin necesidad de que te llevaran en coche, o de depender de un autobús o un taxi. Los botellones se hacían en los aledaños, en “La piedra” como los llamábamos al principio, y en Mapfre como empezó a denominarse poco después. Y era divertido recorrer aquella suerte de jaurías de botellones dispersos, junto a los amigos, y encontrar a esta y aquella pandilla de la ciudad, y charlar un rato con  amiguetes de otros centros o de otros grupos de conocidos.

 Una vez inmersos en la magia de la Feria, todo estaba mucho más localizado y se sentía más cercano. Recuerdo, aún con risas, lo celebrada que fue la anécdota de los churros, cuando me enfrenté por primera vez a la no siempre fácil tarea de plasmar en papel mis primeros recuerdos de la Feria de San Juan. Quedó inmortalizada en el Diario HOY, el 27 de Junio de 2010, y para siempre en mi primer libro “Don de Loch Lomond”. Permítanme que la recuerde muy brevemente para los lectores que aún no la conozcan:

Tendríamos unos 16 años, y en aquella edad no comíamos, sencillamente devorábamos. Si nos ponían un buey por delante, le echábamos un poco de “kétchup” y nos lo jalábamos preguntando qué habría de postre. Una mágica noche de San Juan, tras haberlo gozado de lo lindo y volver dando un paseo mientras contábamos batallitas, paramos en una churrería de Valdepasillas que acababa de abrir hacía pocos minutos. Había una pequeña cola en donde nos dispusimos mis amigos y yo. Éramos cuatro, y teníamos claro que de beber íbamos a pedir cuatro chocolates. “¿Cuántos churros vas a querer tu Enrique?” - me preguntó mi amigo Javi (íntimo mío y de la gula, como quien suscribe) “No sé, contesté yo… ¿unos diez?” - a todos les pareció bien  “Yo también diez…o doce” contestó aquel. El caso es que cuando nos tocó el turno, el churrero nos preguntó “¿Qué queréis?” Yo contesté con toda la buena educación del mundo “pónganos, si es tan amable, cuatro chocolates y sesenta churros” (nuestro voraz apetito nos recomendó pedir alguno más de la cuenta por aquello de que es mejor que sobre que no que falte) “¿Sesenta churros?” exclamaron el churrero y toda la cola al unísono. “Si” contestó mi amigo Javi con toda naturalidad y fingiendo algo de desgana “es que no estamos muy churreros hoy”. Y es cierto, no lo estábamos... ¡Sobraron dos!”

Esta simpática anécdota (les aseguro que es verídica) jamás volvió a producirse desde el traslado al nuevo recinto de Caya. La considerable distancia, unido a la ingesta de alcohol y al peligro de caminar de noche, no aconsejan aquello tan nuestro de antaño de volver dando un paseo, bromeando y charlando

Podemos afirmar sin ninguna duda que quizás La Feria de San Juan, tal y como la entendíamos, dejó de convertirse en algo muy nuestro que se abría a una concepción de la Feria mucho mayor de lo que la sentíamos y que se nos escapaba. 

Nunca olvidaré la primera vez que acudí junto a mi novia y mis amigos a conocer “la nueva feria”. Aunque quizás, denominarla como primera vez no sea el término más acertado... ya que no fuimos. Tras la compra del botellón y el resto de toda la parafernalia, nos situamos en una de las paradas de autobús que el Ayuntamiento había dispuesto (No sé si fue exactamente en la Avenida de Europa o Fernando Calzadilla) el caso es que nada más llegar a la parada comenzaron a pasar autobuses que se dirigían a la Feria. Escribo “pasaban” porque no paraba ni uno. Estaban todos completamente hasta las trancas, y era desesperante observar como pasaban de largo sin ni siquiera detenerse para decirnos “ahí os quedáis”. La espera comenzó a resultar aburrida, hasta que a alguien se le ocurrió abrir la primera botella de ron. Cuando quisimos darnos cuenta eran las cinco de la mañana, como en la canción del inigualable Juan Luis Guerra. Ya ni siquiera mirábamos si venían autobuses, cuales náufragos en desiertas islas que han abandonado ya toda esperanza a ser rescatados. El caso es que lo pasamos muy bien, pero nuestro objetivo de conocer el nuevo recinto resultó esquivo.

El segundo intento también fue digno de aparecer en estas líneas. Visto que el día anterior no nos podíamos fiar de los autobuses, movilizamos a todos nuestros amigos que disponían de auto y carnet de conducir, que eran bastante escasos, y tras organizarnos como pudimos y cargados con el botellón pusimos rumbo al nuevo ferial... y acabamos la mayoría de los ocupantes de los vehículos haciendo de nuevo botellón, tras uno de los atascos más importantes en los que me he visto envuelto. Finalmente, tras los comprensibles problemas de organización, conocimos por primera vez la nueva Feria, que nos dejó aquel sabor agridulce ante la ilusión de lo más nuevo y el recuerdo de los momentos dejados atrás.

Con los años, evidentemente, dejó de interesarme el botellón, y son ahora los más jóvenes quienes le dan vida y forma, como nosotros cuando éramos adolescentes. Ciertamente acudo con muy poca frecuencia al ferial, pero siempre es agradable pasarse algún día por allí y dar una vuelta para tomarme mi Cariñena con barquillos escuchando de fondo la inolvidable locución de los hermanos Pernía

Es cierto que la magia ya no es la misma, pero después de todo, el recinto ferial, así como los cacharritos o las casetas no son solo sino una pieza más del engranaje de la festividad, que también se celebra en las calles de la ciudad, y no solo en el Casco Antiguo, con la denominada Feria de Día, sino en todos los barrios.

Como pacenses que somos es importante que participemos en nuestras fiestas de una u otra manera, y que cada uno la sienta como suya. 

Personalmente aun no tengo hijos a los que llevar a montarse en los cacharritos, pero me gusta aprovechar la excusa de la Feria para reunirme con amigos y seres queridos y beber y comer un poco más de la cuenta, y disfrutar del  buen ambiente que se respira en Badajoz. Porque ya lo saben. 

En la Feria de San Juan siempre estoy feliz y de buen humor, sean cuales sean los problemas. Y seguramente la mayoría de ustedes también

Porque aunque no seamos estudiantes, ni sintamos ya el cosquilleo en el estómago al pensar en las chicas que nos aguardan en la mágica noche de San Juan, ligeras de ropa y con pantalón ajustado, o en los furtivos besos al amanecer, y tantos momentos especiales vividos sobre el polvo del ferial, siempre quedará dentro de nuestro corazón esa sensación de libertad y felicidad.

Ese aroma inolvidable de fin de curso que nos acompañará para siempre en la Feria de San Juan.

martes, 4 de junio de 2013

Revista Oficial del EXCMO. Ayuntamiento de Badajoz


Hace pocos días volvieron a ponerse en contacto conmigo desde el EXCMO. Ayuntamiento de Badajoz para solicitar mi colaboración en su Revista Oficial en la que colaboro desde el Carnaval del 2012.


Mi artículo del último número Carnaval 2013(Foto:Enrique Falcó)

Mentiría si no reconozco que es algo que me honra y hace especial ilusión, pues supone una tribuna inmejorable como pacense para dirigirse a los conciudadanos de una manera muy especial.




Normalmente la Revista Oficial del EXCMO. Ayuntamiento de Badajoz viene publicándose un par de veces al año, en Carnavales y en la Feria de San Juan.

Tras los saludos de rigor del alcalde y el concejal se presentan dos partes diferenciadas. 

La primera de ellas siempre presenta unas espectaculares fotografías, mientras que la segunda se compone de artículos, relatos e historias de periodistas y escritores de la ciudad con la fiesta en cuestión como tema central.


Números en los que he colaborado. (Foto:Enrique Falcó)

La revista puede conseguirse en diferentes negocios y edificios públicos de la ciudad, así como en el Ayuntamiento.

He añadido una categoría en las que incluiré mis pasadas colaboraciones en esta revista, en donde será un placer y un honor seguir colaborando durante muchos años. 

Ni que decir tiene que también subiré mi próxima colaboración en cuanto se publique el número de la Feria de San Juan 2013

Espero que sea del agrado de todos los amigos de este blog y que la Revista Oficial del EXCMO. Ayuntamiento de Badajoz siga editando muchos números legando así para las generaciones futuras una documentación imprescindible para conocer la historia de nuestra ciudad.